
“Entrenador, esa chica esta diciendo malas palabras en el campo de juego,” se quejó Tammy.
“Se supone que éste es un equipo cristiano. ¿Por qué no hace algo?»
El entrenador la miró y señaló hacia donde yo estaba, dijo: “¿Ves a esa chica? Ora por ella” Le di una vuelta al campo de juego, ajena a la conversación que era sobre mí, la jugadora pródiga del softball. Aunque yo jugaba en el equipo de la iglesia de mi amiga, la religión era la cosa que estaba más lejos de mi mente. Esto era obvio, especialmente, porque yo utilizaba palabras vulgares para expresar mi disgusto, cuando una de mis compañeras del equipo cometía una falta grave. A pesar de que el nombre de la iglesia estaba escrito en el frente de mi camiseta, cuando estaba en el campo de juego se me olvidaba para quién estaba jugando. Todo lo que me interesaba era ganar.
En el año y medio que jugué para el equipo de mujeres de esa iglesia Bautista, el entrenador ni una sola vez me regañó por mi falta de compañerismo cristiano en los deportes. Si lo hubiera hecho, lo más probable es que no me habría quedado con el equipo por mucho tiempo. Estaba allí por una sola razón, jugar softball. Pero Dios tenía otras ideas.
Me atrajo el amor que mis compañeras de equipo tenían entre sí y para conmigo. Parecía tan puro y tan sano. Las otras chicas sabían que yo no era cristiana y estaban pidiéndole a Dios por mí, desde el principio.Sin embargo, ellas no sabían que yo era lesbiana. Crecí con un padre alcohólico que tenía un temperamento violento. También le pegaba a mi madre y como ella era una víctima, yo rechazaba cualquier cosa que tenía que ver con la feminidad, no quería nada que tuviera que ver con el hecho de ser una mujer. En cambio, admiraba a mi hermano y quería ser como él. Desde mis primeros años recuerdo haber preferido los deportes, en vez de las muñecas, como mi hermana menor.
Fui aceptada como uno más entre los chicos, porque era fuerte y dura. Caminaba como un chico,hablaba como un chico e incluso jugaba sin camisa como los demás muchachos. No era raro que la gente me llamara “hijo” o “jovencito”. También odiaba mi nombre Christine y me puse uno más neutro: “Chris”. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 12 años y me enviaron a vivir con familiares, donde fui abusada sexualmente por un primo mayor. Como la mayoría de los niños abusados, yo pensé que de alguna forma el abuso había sido mi culpa.
Si los hombres no me vieran atractiva, cosas como éstas no me pasarían, era mi razonamiento. Desde ese momento en adelante quise esconder cualquier rasgo de feminidad que me quedaba.Hubo otros incidentes en los cuales los hombres se aprovecharon de mí, reforzando mi teoría una y otra vez. Como mujer nunca me sentí a salvo con los hombres queme rodeaban, todos aparentemente eran unos maniáticos sexuales. Incluso mi padre encajaba perfectamente en ese grupo de hombres, con el montón de revistas pornográficas que tenía cuando yo estaba creciendo.Cuando estaba en la escuela secundaria, me enteré de que mi mejor amiga, Kim, estaba enamorada de mí. Aunque yo aparentaba ser lesbiana, nunca había tenido relaciones con otra chica. Estaba muy confundida, no sabía qué hacer,así que busqué en la Biblia una respuesta y encontré un versículo sobre el amor. Sabía que quería a Kim, entonces concluí que nada podía estar mal entre dos personas, si ellas se querían mutuamente.
Esto me liberó de mis inhibiciones y establecimos una relación sexual y emocional. Fue un sentimiento increíble saber que alguien se preocupaba y se interesaba tan profundamente en mí. Kim y yo siempre nos consultábamos antes de hacer cualquier plan con otros amigos. Sentía que me moriría si ella se retiraba de la relación aunque fuera algo pasajero. La vida giraba entorno a nosotras dos de una forma casi destructiva. Más tarde aprendí,que estas cualidades, eran características de una relación emocionalmente dependiente.Mi relación con Kim duró un año y medio, hasta que mi mamá descubrió una nota que yo le había escrito a Kim.
Avergonzada de tener una hija homosexual, mi mamá exigió que dejara la relación. Ella también llamó a la mamá de Kim y juntas planearon la terminación de “nuestra amistad”. Con el tiempo lo lograron. Más adelante, a los 17 años, comencé a experimentar sexualmente con los chicos, para ver si era homosexual o no. En cada experiencia me sentí utilizada y degradada, porque en realidad, los chicos no se interesaban en mí, todo lo que ellos querían era tener relaciones sexuales. Como resultado, concluí que era preferible estar con una mujer. Sentía más gratificación y me parecía más natural. En la universidad, continúe con la actividad homosexual. Una vez más, disfrute siendo el centro de atención en la vida de otra mujer. A la vez, esto me servía para llenar el vacío de mi vida, ya que deseaba profundamente ser amada.
La última pareja que tuve era siete años mayor, era cristiana y ella luchaba con sentimientos de culpa, porque había crecido sabiendo que la homosexualidad era pecado. Yo luchaba con el sentimiento de culpa porque ella era casada. Su marido trabajaba de 70 a 80 horas a la semana, dejándola emocionalmente necesitada y susceptible de buscar fuera de su matrimonio alguien que pudiera satisfacer sus necesidades. Ella se mantuvo activa en la iglesia durante los 18 meses de nuestra relación y su divorcio. Un día yo le dije que estaba interesada en ser parte del equipo de softball. Ella me dijo que tenía que hacerme miembro de la iglesia, yo le respondí que de ninguna manera. Pero por alguna razón el entrenador me dejó jugar.
Jamás me imaginé el impacto que aquel equipo de deportes iba a tener en mí. Mis compañeras me aceptaron de una forma tan cariñosa y tan acogedora, a pesar de que sabían que yo era diferente; nunca me trataron como una extraña. Yo quería saber más y quería tener la vivencia que ellas compartían, así que decidí ir a la iglesia regularmente. Nunca soñé que después de todo lo que había hecho, Dios podía quererme todavía o que Él desearía una relación conmigo. Ésa era yo, una lesbiana y una destructora de hogares. Aunque me sentía que no valía nada, sin embargo, Dios me aceptó. Me hice cristiana en noviembre de 1989. Mi amiga y yo queríamos hacer las cosas bien, sin embargo, nuestra relación física continuó por muchas semanas. Con el tiempo, rompí mi relación con ella, pero continúe sufriendo en silencio con mis deseos homosexuales. Inclusive, estaba enfadada con Dios por haberme hecho homosexual.
Sin entender, que Él no hace a nadie homosexual. Como muchas lesbianas, yo escogí este camino porque había estado tratando de protegerme contra los ataques sexuales de los hombres y estaba buscando el amor de madre, que no recibí cuando era una niña. Más tarde escuché en la radio, al presidente de Exodus International. Me quedé asombrada de la sabiduría de este hombre, Sy Rogers, quien evidentemente entendía la lucha en que yo me encontraba, cuando respondía aconsejando ala gente que llamaba a su programa. Más adelante, cuando se anunció la fecha de un seminario en Orlando, a sólo dos horas de mi casa en Tampa, inmediatamente hice planes para asistir.
Ese seminario cambió mi vida, cuando expuso su historia de cómo había vencido su vida de homosexualidad; eso me llenó de esperanza, pensando que también yo podría lograrlo. Me enteré de que existía un ministerio de Exodus en Tampa y comencé a asistir a las reuniones y allí aprendí sobre las raíces de mi homosexualidad.También asistí a la conferencia anual de Exodus ese año en San Antonio. Allí participe en una sesión de “maquillaje” que tuvo un profundo impacto en mí. Por primera vez, desde que yo fui abusada sexualmente yo quise ser bonita, como las otras mujeres de la iglesia. Cuando iba de regreso caminando hacia mi habitación, después de la sesión de maquillaje me pasó por la mente un pensamiento que me paró en seco:
“Te acuerdas cuando estabas en casa que tu envidiabas a las chicas de la iglesia, porque eran bonitas?” Parecía como si Dios me estuviera preguntando.
“Tú no eres diferente. Tú eres tan bella, como ellas.”
Aturdida, continué caminando hacia mi habitación mientras las lágrimas corrían por mis mejillas dejando marcas en el maquillaje. Toda mi vida luché contra intensos sentimientos de sentirme inadecuada como mujer y de repente me vi exactamente igual a ellas. Cuando regresé a mi iglesia en Tampa, les pedí a todos mis amigos que me llamaran “Christine”. Aunque me sentía extraña, porque siempre me habían llamado “Chris”, yo quería asumir mi feminidad. En la iglesia encontré mujeres consagradas a Dios y fuertes que me ayudaron a ver que ser mujer no era una desventaja. También vi a los hombres desde otra perspectiva. Ellos eran verdaderos amigos y estaban interesados en mí,no en las relaciones sexuales. Por primera vez, me sentí segura como mujer.
La clave de mi restauración fue el desarrollo de amistades sanas con personas del mismo sexo. También visité a un terapeuta que me ayudó a manejar mi problema de abuso sexual y los asuntos de disfunción familiar, mientras tanto continué participando en la iglesia y en el grupo de Exodus. Con la ayuda de Dios y el apoyo de personas compasivas, la homosexualidad ya no es una sombra en mi vida. Años atrás mi papá y yo asistimos juntos a una Conferencia de Exodus, donde yo presenté un taller de trabajo. Nunca me imaginé que el hombre que influyó en mí, para que yo creyera que ser mujer no era algo bueno o que siendo mujer nunca estaría segura, un día me acompañaría para decirles a otros que esas ideas eran falsas.
Christine Sneeringer es la directora deWorthy Creations, un ministerio miembro de Exodus,en Fort Lauderdale, Florida. Puede contactarla a: Worthy Creations, P.O. Box 93, Ft. Lauderdale, FL33302-0093. http://www.worthycreations.org.