
La canonización de santos es un acto formal de la Iglesia Católica por el cual se declara que una persona fallecida ha alcanzado la santidad y es digna de culto público en toda la Iglesia. En otras palabras, el Papa proclama solemnemente que dicha persona está con Dios en el Cielo, inscribiéndola en el catálogo oficial de santos y “elevándola a los altares” (asignándole un día para su veneración litúrgica) y a partir de la canonización, los fieles pueden invocar al nuevo santo como intercesor ante Dios.
Este artículo explica qué es la canonización de santos dentro de la Iglesia Católica, repasando su historia y evolución, en qué consiste el proceso y cuáles son sus requisitos, así como la justificación teológica que la Iglesia ofrece para esta práctica. Luego se contrasta esta doctrina con la enseñanza bíblica sobre la santidad y los “santos”, exponiendo por qué la canonización no tiene fundamento bíblico. Finalmente, se analiza cómo otras corrientes cristianas entienden el concepto de “santos” según la Biblia, con un lenguaje claro y firme respaldado por las Escrituras.
⛪ Historia y evolución de la canonización de santos
En los primeros siglos del cristianismo, no existía un procedimiento formal para declarar santos a los creyentes. Los mártires y otros fieles destacados eran venerados por aclamación popular (vox populi), de manera espontánea por parte de la comunidad cristiana
Para evitar excesos o proclamaciones dudosas, con el tiempo los obispos locales asumieron la responsabilidad de reconocer a alguien como santo en sus diócesis. Es decir, la aprobación episcopal se volvió necesaria: el pueblo pedía al obispo reconocer la santidad de cierto difunto, y si tras investigar su vida y virtudes el obispo lo consideraba pertinente, autorizaba su culto local (p. ej. designando una fiesta en su honor).
Hacia finales del siglo X ocurrió un cambio importante: el Papa comenzó a intervenir directamente en estas proclamaciones. En el año 993 d.C., el papa Juan XV canonizó solemnemente a Ulrico de Augsburgo, siendo este el primer caso registrado de canonización papal. A partir de entonces, se fue consolidando la centralización del proceso en Roma. En 1234, el Papa Gregorio IX decretó oficialmente que solo el Sumo Pontífice tendría potestad para canonizar santos en la Iglesia.
Con el tiempo, el proceso fue refinándose: en 1588 el Papa Sixto V creó en la Curia Romana la Sagrada Congregación de Ritos para atender las causas de beatificación y canonización. Siglos después, el Código de Derecho Canónico de 1917 incluyó normas detalladas sobre las causas de los santos, y dichas normas se actualizaron en 1983 bajo el Papa Juan Pablo II, simplificando y acelerando el proceso.
Más recientemente, en 2017, el Papa Francisco añadió una nueva vía denominada “ofrecimiento de la vida” (mediante el motu proprio Maiorem hac dilectionem) para contemplar casos de entrega heroica que lleven a la beatificación, mostrando que la praxis de las canonizaciones sigue evolucionando.
⛪ El proceso de canonización en la Iglesia Católica
Antes de iniciar una causa de canonización, deben cumplirse ciertos requisitos iniciales: la persona debe haber fallecido en olor de santidad (con fama de virtudes o martirio) y, por norma general, deben transcurrir al menos cinco años desde su muerte (el Papa puede dispensar este plazo en casos excepcionales). Cumplidos estos requisitos, el proceso formal consta de varias etapas principales:
- Postulación – Se presenta la causa ante la autoridad eclesiástica competente (normalmente el obispo diocesano) y se recopilan datos biográficos, testimonios y documentación sobre la vida del candidato. Si la Santa Sede emite el nihil obstat (declarando que nada obsta contra la causa), el proceso puede avanzar.
- Siervo de Dios – Título que recibe el candidato una vez aceptada formalmente la causa. Indica que la Iglesia lo considera digno de estudio y que se investigará su vida en detalle.
- Venerable – Si la investigación diocesana y romana concluye que el Siervo de Dios practicó virtudes cristianas en grado heroico (o que murió mártir por la fe), el Papa autoriza a declararlo Venerable. Esta declaración reconoce la santidad de vida de la persona, aunque aún no permite el culto público.
- Beatificación (Beato/a) – Es la proclamación de que el Venerable está en el cielo, permitiendo su culto de manera limitada (típicamente a nivel local o regional). Para beatificar se exige normalmente que Dios haya obrado un milagro por intercesión del candidato, ocurrido después de su muerte y verificado rigurosamente (los mártires están exentos de presentar un milagro para ser beatificados). Al proclamarse Beato, se le asigna una fecha litúrgica en su ámbito de culto autorizado.
- Canonización (Santo/a) – Es la declaración definitiva de santidad. Requiere habitualmente un segundo milagro atribuido a la intercesión del Beato, ocurrido tras su beatificación y aprobado por la Iglesia. Con la canonización, el Papa inscribe al santo en la “lista” oficial de santos de la Iglesia universal y autoriza su veneración pública en toda la Iglesia, incluyéndolo en el calendario litúrgico general.
Nota: En el caso de los mártires, la Iglesia suele eximir el milagro requerido para la beatificación (al considerar que el martirio es de por sí testimonio pleno de santidad). Para la canonización de un mártir normalmente se pide solo un milagro post mortem, en lugar de dos. La aprobación de milagros –generalmente curaciones médicamente inexplicables– sirve como señal de confirmación divina de que el fiel goza de la gloria celestial y puede interceder por nosotros.
⛪ Justificación teológica de la canonización según la Iglesia Católica
La Iglesia Católica sostiene que la canonización de santos tiene una profunda motivación teológica y pastoral. Por un lado, es un acto que glorifica a Dios al reconocer la obra de su gracia en la vida de esos fieles; por otro, es una manera de edificar a los creyentes, ofreciéndoles ejemplos a imitar e intercesores celestiales a quienes recurrir. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que al canonizar a ciertos fieles –proclamando que practicaron virtudes heroicas y vivieron en fidelidad a la gracia de Dios– la Iglesia “reconoce el poder del Espíritu de santidad” que actúa en ella, y “sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores”. De este modo, los santos canonizados inspiran con su testimonio de vida cristiana y, al mismo tiempo, son considerados intercesores que abogan por la Iglesia desde la presencia de Dios.
La legitimidad de esta práctica se fundamenta en la concepción católica de la comunión de los santos y en la autoridad de la Iglesia. Según la doctrina católica, los cristianos que han alcanzado el cielo (la Iglesia triunfante) mantienen una comunión con los fieles de la tierra (la Iglesia peregrina), pudiendo orar a Dios por nosotros (véase Catecismo, §§956-957). Así, venerar a los santos y pedir su intercesión no disminuye la gloria debida a Dios, sino que reconoce su obra santificadora en ellos. El Derecho Canónico estipula que, “para promover la santificación del pueblo de Dios”, la Iglesia fomenta la devoción a la Virgen María y “el culto verdadero y auténtico de otros Santos, por cuyo ejemplo los fieles se edifican y de cuya intercesión se valen”. En otras palabras, la veneración de los santos —aprobada solo para quienes han sido oficialmente beatificados o canonizados — busca tanto inspirar a imitar sus virtudes como apoyarse en sus oraciones ante Dios.
Además, la Iglesia Católica defiende que Cristo otorgó a los apóstoles y sus sucesores autoridad para guiar a la Iglesia (cf. Mateo 16:18-19). En este sentido, el Papa (sucesor de Pedro) tiene la potestad de “atar y desatar” en materia de disciplina eclesial, lo que la Iglesia interpreta que incluye la facultad de declarar solemnemente la santidad de alguien. De hecho, la canonización papal se considera un acto definitivo e inerrante –asistido por el Espíritu Santo–, por el cual el Pontífice define que el canonizado está en el cielo y debe ser honrado litúrgicamente en toda la Iglesia. Esta certeza moral permite a los fieles tener confianza en la intercesión de los santos: “Gracias a tal certeza, el creyente puede rezar confiadamente al santo en cuestión para que interceda en su favor ante Dios”.
En resumen, desde la teología católica la canonización es vista como un acto que manifiesta la santidad de la Iglesia y la riqueza de la gracia de Dios, al mismo tiempo que brinda guías e intercesores espirituales para el pueblo fiel.
✝️ La santidad y los verdaderos “santos” según la Biblia
Al confrontar la doctrina católica con la enseñanza bíblica, se observa una diferencia fundamental en el concepto de “santo”. En la Biblia, la palabra santo (del hebreo qādōsh y griego hágios, “apartado” o “consagrado”) se aplica a todos aquellos que pertenecen a Dios y han sido santificados por la fe en Cristo. No designa a un grupo exclusivo de cristianos “extraordinarios” tras su muerte, sino que describe la posición de todo creyente verdadero. Por ejemplo, el apóstol Pablo dirige sus cartas “a los santos” de diversas iglesias locales (Roma, Corinto, Éfeso, etc.), refiriéndose a todos los miembros de esas congregaciones que han sido “santificados en Cristo Jesús”.
En Romanos 1:7 Pablo saluda “a todos los amados de Dios que están en Roma, llamados a ser santos”, y 1 Corintios 1:2 se dirige “a la iglesia… a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos”. Vemos que todo cristiano nacido de nuevo es un “santo” en sentido bíblico, por haber sido apartado para Dios mediante la obra redentora de Cristo.
La Biblia también muestra que estos santos no eran perfectos ni infalibles, sino pecadores redimidos en proceso de santificación. La santidad en la enseñanza bíblica es a la vez un don posicional (todos los creyentes son declarados santos por la sangre de Jesús – 1 Corintios 6:11, 2 Timoteo 1:9) y un llamado práctico a vivir en obediencia a Dios. Todos los cristianos deben buscar activamente la santidad en su conducta: “sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” manda Pedro (1 Pedro 1:15-16), exhortación dirigida a todos los fieles. Esta santificación progresiva ocurre durante la vida terrenal del creyente, por obra del Espíritu Santo. “El mismo Dios de paz os santifique por completo” (1 Tesalonicenses 5:23) – es una oración porque ese crecimiento en santidad continúa mientras el cristiano vive.
Por tanto, no existe en las Escrituras la idea de que solo después de morir uno pueda ser proclamado “santo”. Al contrario, incluso antes de la consumación final, la Biblia llama santos a los cristianos que aún batallan en la tierra. De hecho, Pablo testifica que antes de su conversión él persiguió a “muchos santos” y los encarceló (Hechos 26:10) – claramente santos se refiere aquí a los discípulos de Jesús que aún vivían. Y en 1 Corintios 6:2 se afirma que “los santos juzgarán al mundo”, aludiendo al conjunto del pueblo de Dios, no a un grupo selecto designado por hombres.
En síntesis, la enseñanza bíblica presenta a la Iglesia entera (los verdaderos creyentes) como un pueblo santo (1 Pedro 2:9-10), llamados todos a la santidad sin distinción.
🔍 Por qué la canonización no tiene base bíblica
A la luz de lo anterior, la doctrina católica de la canonización de santos no encuentra sustento en la Biblia por varias razones claras:
⚠️ Sin precedentes en la Iglesia del Nuevo Testamento: No hay ninguna indicación bíblica de que la Iglesia deba llevar a cabo un proceso para declarar “santo” a un creyente después de muerto. Ni Jesús ni los apóstoles instituyeron ceremonia o tribunal alguno para exaltar post mórtem a ciertos cristianos. En la Iglesia primitiva, todos los fieles eran considerados santos por su fe en Cristo, y cuando alguno moría en el Señor, los creyentes se consolaban por la esperanza de la resurrección, no mediante su elevación formal a los altares. El hecho de que el término santo ya se aplique en la Biblia a los creyentes comunes (vivos) muestra que se reconocía la santidad como un estado compartido por todos los salvos, no como un título otorgado a unos pocos escogidos por una institución humana. La ausencia total de rito o mandato de “canonizar” indica que esta práctica se desarrolló posteriormente en la tradición, fuera del marco de la Revelación escrita.
⚠️ Alteración del concepto bíblico de santidad: La canonización implica distinguir entre cristianos de “primera categoría” (los venerados como santos oficiales) y el resto de fieles, algo ajeno al Nuevo Testamento. En la enseñanza apostólica, todos los creyentes están en igual condición de necesidad de la gracia y llamados a la santidad, sin distinciones de estatus espiritual (Gálatas 3:28; Romanos 2:11). Elevar a ciertos individuos a un nivel especial de reverencia e invocación no tiene apoyo en las Escrituras y corre el riesgo de minimizar la verdad de que la justicia y santidad que valen delante de Dios son únicamente las de Cristo, imputadas por la fe a todos los redimidos (Filipenses 3:9). En otras palabras, la Biblia no enseña que unos cristianos sean “más santos” que otros en cuanto a su posición ante Dios; todos somos igualmente perdonados y apartados para Dios por la obra de Jesús, por lo cual la gloria pertenece a Él y no a méritos humanos (Efesios 2:8-9).
⚠️ Sólo Jesucristo es mediador e intercesor suficiente: Una de las motivaciones centrales de la canonización es habilitar la intercesión de esos santos por los vivos (se les reza pidiendo favores). Sin embargo, la Biblia enfatiza que solo hay un mediador capaz de atender nuestras oraciones ante Dios: Jesucristo. “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5). Cristo es el único Sumo Sacerdote sin pecado que vive para siempre intercediendo por nosotros (Hebreos 7:24-25). Ningún pasaje bíblico instruye a los creyentes a orar a algún otro intercesor en el cielo. Por el contrario, se nos invita a acercarnos directamente al trono de la gracia por medio de Jesús (Hebreos 4:14-16), quien intercede eficazmente por su pueblo con su sacrificio perfecto. Atribuirle a un ser humano fallecido un rol de mediador universal no tiene fundamento bíblico y contradice la suficiencia de Cristo como nuestro abogado ante el Padre (1 Juan 2:1-2). Los primeros cristianos oraban “a Dios” (Hechos 4:24) y confiaban en las oraciones de unos por otros en la tierra (Santiago 5:16), pero no enseñaron invocar a los que ya partieron. En resumen, la práctica de rezar a los santos canonizados no se encuentra en la Biblia y menos cuando se entiende que Jesús es el único intercesor necesario y suficiente para los creyentes.
⚠️ Los fieles difuntos no son presentados como oyentes de oración: Relacionado con lo anterior, la Escritura no retrata a las almas de los muertos en Cristo interviniendo en la vida de los vivos. Al morir, el creyente entra en la presencia de Dios, sí (Filipenses 1:23), pero la Biblia guarda silencio acerca de que estos creyentes sean capaces de escuchar las oraciones de millones de devotos en la tierra. Más bien, enseña que los muertos “nada saben” de lo que ocurre bajo el sol (Eclesiastés 9:5-6) y ya no tienen parte en los asuntos de este mundo (Job 7:9-10). Ciertamente, están conscientes en la presencia de Dios, pero no se nos dice que puedan comunicarse con nosotros ni que debamos dirigirnos a ellos. Consultar o invocar a los muertos es, de hecho, algo expresamente prohibido en la Ley de Dios (Deuteronomio 18:10-12). Aunque la Iglesia Católica distingue entre la “comunicación” reprobada con los espíritus y la “intercesión” de un santo, bíblicamente no existe base sólida para esa distinción. Cuando en Apocalipsis 5:8 se mencionan las oraciones de los santos presentadas ante Dios, la interpretación más recta es que se trata de las oraciones de los creyentes vivos (simbolizadas en el incienso) ofrecidas a Dios, no oraciones ofrecidas por seres celestiales intercesores. En definitiva, la idea de que los cristianos fallecidos actúan como canales de gracia o mensajeros de nuestras peticiones no proviene de la enseñanza bíblica revelada, sino de desarrollos doctrinales posteriores.
⚠️ El culto y la veneración pertenecen solo a Dios: Finalmente, la práctica de rendir culto religioso (aunque se llame veneración o dulía) a seres humanos fallecidos carece de apoyo en la iglesia del Nuevo Testamento. Los apóstoles y líderes rechazaron recibir honores venerativos: cuando Cornelio cayó a los pies de Pedro, este le levantó inmediatamente diciendo “Levántate, pues yo mismo soy hombre” (Hechos 10:25-26); y cuando Juan quiso postrarse ante el ángel, se le dijo “¡No lo hagas!… adora a Dios” (Apocalipsis 19:10). La adoración le corresponde únicamente a Dios (Lucas 4:8), y aunque la Iglesia Católica afirma que la veneración a los santos es de orden inferior a la adoración debida a Dios, en la práctica se mezcla con actos (rezos, procesiones, ofrendas) que no se encuentran en la Biblia dirigidos a nadie excepto Dios mismo. La Segunda de las Diez Palabras advierte: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo… No te inclinarás a ellas ni las honrarás” (Éxodo 20:4-5). Sin embargo, la canonización conlleva típicamente la realización de imágenes, reliquias y altares en honor al santo. Muchos cristianos ven en ello una violación del espíritu de aquel mandamiento. En la Biblia, los únicos “santos” a quienes se rinde honor y gloria son Dios mismo (el Santo de Israel) y su Hijo Jesucristo. Los hombres y mujeres piadosos son respetados e imitados en su fe (Hebreos cap. 11), pero no objeto de cultos o peticiones una vez fallecidos. Por tanto, la elevación de los santos a un estado de veneración pública no es bíblica y puede fácilmente derivar en idolatría, por muy buenas que fueran las intenciones originales.
En conjunto, al evaluar la canonización a la luz de la Escritura, queda claro que esta doctrina y práctica no se originan en la enseñanza bíblica. Como concluye un análisis evangélico: “Desde la óptica de la Escritura, esta doctrina no tiene fundamento alguno. Es más, atenta contra la dignidad del único mediador que existe entre Dios y los hombres, Jesucristo Señor”. La santidad según la Biblia proviene de la obra de Cristo y la santificación por el Espíritu en todos los creyentes, y ninguna institución humana puede añadir o quitar a esa realidad espiritual.
📖 El concepto de “santos” en otras corrientes cristianas
Las Iglesias cristianas no católicas –especialmente las protestantes y evangélicas– rechazan en general la idea de la canonización tal como la practica el catolicismo, adhiriendo únicamente a la enseñanza bíblica sobre la santidad. En las comunidades evangélicas, “santo” es sinónimo de cristiano verdadero: todo aquel que ha nacido de nuevo y ha sido lavado por la sangre de Cristo es considerado santo por posición, apartado para Dios.
No se otorgan títulos especiales de “San” a unos pocos, ni existe un proceso para elevar a ciertos fieles por encima de otros. Al contrario, se enfatiza el sacerdocio de todos los creyentes (1 Pedro 2:5,9) y la igualdad de todos ante Dios en cuanto a salvación y santidad, reconociendo que “uno no es más santo que otro” delante de Dios, pues solo la obra de Cristo nos santifica plenamente.
Consecuentemente, las iglesias protestantes no oran a los santos difuntos ni les rinden culto. Siguiendo el mandato bíblico, dirigen sus oraciones únicamente a Dios Padre en el nombre de Jesús, confiando en la intercesión de Cristo como sumo sacerdote. Cualquier petición de oración “a los santos” es vista como una usurpación del lugar único de Jesús como mediador (1 Timoteo 2:5) y como una práctica sin base escritural. Cuando un ser querido o un miembro ejemplar de la comunidad fallece, los protestantes agradecen a Dios por su vida e incluso pueden inspirarse en su ejemplo de fe, pero no le rezan ni le tributan honores religiosos. Las iglesias surgidas de la Reforma suelen conmemorar a veces a héroes de la fe del pasado (por ejemplo, predicadores, reformadores o mártires) en sermones o escritos históricos, pero esta honra es simplemente recordatoria y nunca llega a la veneración espiritual ni a considerarlos mediadores ante Dios.
Cabe mencionar que la Iglesia Ortodoxa Oriental sí mantiene una tradición de veneración de los santos muy parecida a la católica (con sus propias canonizaciones decididas por sínodos). Sin embargo, en las corrientes cristianas que se rigen “solo por la Biblia” (sola Scriptura), la noción de una canonización formal es ajena. Para los evangélicos, por ejemplo, la festividad de “Todos los Santos” (1 de noviembre) no celebra a un grupo de personas elevadas a altares, sino que se interpreta como una referencia a todos los redimidos por Cristo. En última instancia, “santo” es cualquiera que pertenece a Jesús, y la única santidad que vale es la que Dios mismo concede. La Iglesia en sentido bíblico ya es “santa” por ser Cuerpo de Cristo (Efesios 5:25-27), sin necesidad de añadirle más santos mediante decretos humanos.
✝️ En conclusión, la canonización de santos es una práctica desarrollada en la tradición católica con fines administrativos y devocionales, pero no tiene soporte en la enseñanza bíblica apostólica. La Biblia enseña que la santidad es el llamado y la posición de todo creyente en Cristo, y que toda la gloria, veneración y confianza deben dirigirse a Dios y a su Hijo. Otras ramas del cristianismo, basadas en esa convicción bíblica, entienden el concepto de “santos” de manera inclusiva (abarcando a todos los salvos) y reservan la mediación e intercesión únicamente a Jesucristo, el Señor. Así, para el cristiano fundamentado en la Escritura, la verdadera santidad no es un título otorgado por la Iglesia, sino una vida consagrada a Dios por la fe en Jesucristo, vivida en obediencia aquí y ahora, con la esperanza de la gloria eterna que Él ha prometido a todos Sus santos.