
📖 Apocalipsis 21:1-8
«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo, Juan, vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.
Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.«
¿Nueva Creación o Restauración Radical? El Sentido Bíblico de la “Nueva Tierra”
Al llegar a Apocalipsis 21, la visión que recibe Juan es impactante: ve “un cielo nuevo y una tierra nueva”, porque “el primer cielo y la primera tierra pasaron”. Esto ha generado preguntas a lo largo de la historia: ¿Dios destruye literalmente el planeta y crea otro desde cero? ¿O se trata de una restauración radical de la creación existente, tal como fue el Edén, pero aún más gloriosa y perfecta?
La respuesta que mejor encaja, tanto bíblica como lógicamente, es la segunda opción: una restauración profunda, total, definitiva, pero sobre la misma base de la creación original.
Fundamento Bíblico y Teológico
- El griego “kainos”: La palabra usada para “nuevo” en el texto original no significa “completamente otro”, sino “renovado, restaurado, nuevo en calidad”. Así, el mundo será profundamente renovado, pero no destruido y reemplazado.
- Redención de la creación: Romanos 8:19-23 enseña que “la creación misma será liberada de la corrupción” y participará en la gloria de los hijos de Dios. El plan de Dios es liberar y restaurar, no aniquilar.
- Coherencia con el Edén: Así como el ser humano será glorificado y restaurado a la imagen de Cristo, la tierra será restaurada y purificada, recuperando su belleza y plenitud original, pero mejorada y libre del pecado para siempre.
- El modelo de la resurrección: Así como Jesús resucitó con un cuerpo glorificado, pero era el mismo cuerpo transformado, así también la tierra será la misma, pero glorificada y renovada.
- Dios respeta sus propias leyes naturales: El Señor creó un orden físico en el universo, y aunque puede intervenir sobrenaturalmente, suele obrar de acuerdo a sus propias leyes. No hay sentido en destruir para volver a crear algo que puede restaurar a la perfección.
La Importancia del Tiempo y del Proceso de Restauración
El texto no da detalles explícitos sobre cuánto tiempo dura este proceso de restauración. Sin embargo, es lógico pensar que, tras el final de todas las guerras y la destrucción provocada por el pecado y los juicios, habrá un proceso —guiado por el poder de Dios— en el que la tierra, la naturaleza, los mares y todo lo creado serán progresivamente transformados y restaurados.
- La restauración es un proceso: Así como la salvación del hombre es un proceso (regeneración, santificación, glorificación), la restauración de la tierra puede incluir etapas. Dios puede acelerar los procesos naturales, pero la idea de un “nuevo orden” no significa una “creación instantánea” desde cero, sino un regreso a la plenitud original, en una dimensión completamente libre de mal.
- El tiempo en la restauración: El tiempo ayuda a la sanidad y a la reconstrucción, tanto en lo físico como en lo espiritual. Dios, en su sabiduría, puede permitir que el mundo restaurado sea el fruto de un proceso, donde cada cicatriz de la antigua creación sea sanada y todo alcance su máxima gloria.
- La Nueva Jerusalén como culminación: El descenso de la Nueva Jerusalén representa el punto culminante de ese proceso, la manifestación visible de la morada de Dios con la humanidad restaurada, en una tierra perfecta.
Conclusión: Una Creación Restaurada, no Reemplazada
Por todo esto, lo más consistente con el relato bíblico y con el carácter restaurador de Dios es que, al final de los tiempos, la tierra actual será profundamente renovada, purificada y restaurada a un estado glorioso, como el Edén, pero eterno e incorruptible. No será el fin de la creación, sino el cumplimiento del propósito para el que fue hecha: un lugar perfecto de comunión entre Dios y su pueblo.
Esto nos invita a valorar la creación, entender el plan de Dios para la restauración de todas las cosas y confiar en que su obra será tan perfecta que podrá decirse que “todas las cosas son hechas nuevas”, aunque no haya sido necesario destruirlo todo para empezar de cero.
Analizando detalles más Profundos
– La Desaparición del Mar
Este detalle puede desconcertar, pero tiene una fuerte carga simbólica y teológica:
- Ahora habrá solo seguridad, plenitud y comunión total entre Dios y su pueblo.
- En la mentalidad judía y bíblica, el mar representa caos, peligro, separación, maldad y cosas desconocidas. En el Apocalipsis, el mar es el origen de la bestia (Ap. 13:1), un lugar de muerte y separación (la visión del mar de cristal delante del trono en Ap. 4:6 indica pureza y dominio de Dios sobre el caos).
- La desaparición del mar significa el fin de todo aquello que simbolizaba peligro, caos, maldad, separación y lo desconocido. No necesariamente que no haya agua física, sino que no existirá más nada que represente amenaza o inestabilidad.
La Nueva Jerusalén: La Unificación de lo Divino y lo Humano
La revelación de la Nueva Jerusalén no es simplemente la llegada de una ciudad impresionante desde el cielo, como si una gran estructura descendiera y se instalara sobre la tierra física. Más allá de lo visual y literal, este acontecimiento representa la eliminación definitiva de toda separación entre el mundo espiritual y el mundo terrenal, entre Dios y la humanidad restaurada.
A lo largo de toda la historia bíblica, desde la caída de Adán y Eva, el pecado introdujo un “velo” espiritual: una barrera invisible que nos impide ver y experimentar plenamente la presencia de Dios y su realidad sobrenatural. Los seres humanos viven actualmente con esa limitación: no pueden ver el mundo espiritual, no pueden experimentar la gloria de Dios de forma directa, y su relación con lo divino está mediada por la fe y el Espíritu.
En la nueva creación, ese velo es quitado para siempre. Cuando se dice que la Nueva Jerusalén “desciende del cielo”, no debemos imaginar una ciudad física que baja y aterriza en la tierra. Lo que realmente significa es que el ámbito espiritual y divino se une y se integra completamente con el ámbito terrenal y humano.
Es la restauración del diseño original del Edén: un solo mundo, donde Dios y el ser humano coexisten sin barreras, sin separación, sin distancias.
La Nueva Jerusalén es el símbolo máximo de esta unificación:
- No es tanto “una ciudad bajando”, sino el mundo espiritual y divino haciéndose completamente presente en la realidad terrenal y humana.
- Lo invisible se vuelve visible; lo eterno se funde con lo temporal; lo divino abraza lo humano.
- El Cielo y la Tierra dejan de ser esferas separadas, y la humanidad restaurada vive en comunión directa, permanente y gozosa con su Creador.
Así como en el Edén, Adán y Eva vivían en la presencia directa de Dios, en la nueva creación toda la humanidad redimida habitará en esa misma comunión, pero ahora de forma eterna, gloriosa y sin posibilidad de pérdida.
Dios será visible y tangible; la vida espiritual y la vida física serán uno solo; no habrá más separación, ni distancia, ni velo.
El propósito original de Dios se cumple: un solo hogar, un solo pueblo, una sola realidad donde lo divino y lo humano están completamente integrados para siempre.
Vivir Bajo la Gracia Plena de Dios: El Fin de Todo Dolor, Llanto y Muerte
Una de las características más gloriosas de la nueva creación y de la unificación total con Dios es la desaparición absoluta de todo lo que el pecado había traído al mundo. La Biblia enfatiza que en este nuevo estado ya no habrá muerte, ni dolor, ni llanto, ni clamor, ni lágrimas. Pero esto no es solo un cambio emocional o ambiental; es una transformación radical de la condición humana.
¿Por qué desaparecen estas cosas?
Porque todas ellas –el dolor, el sufrimiento, la tristeza, la muerte y el llanto– no formaban parte del diseño original de Dios para la humanidad. Son realidades que surgieron como consecuencia del pecado y de la separación con Dios. En su naturaleza, Dios jamás ha experimentado dolor, sufrimiento ni muerte; esas cosas no proceden de Él ni reflejan su carácter.
Dios nunca quiso ni diseñó para el ser humano una vida marcada por el sufrimiento.
En la nueva creación, al restaurarse completamente la comunión con Dios, el hombre es liberado por completo de la influencia y la presencia del mal:
- Primero, somos liberados de la presencia del mal y de la tentación. Ya no habrá nada que nos pueda hacer tropezar o separarnos de Dios.
- Segundo, somos liberados de las consecuencias del pecado: el dolor, la enfermedad, el sufrimiento, la muerte, el miedo, el llanto, el luto, etc.
El dolor y el sufrimiento no son castigos que Dios impuso, sino consecuencias naturales de vivir alejados de su presencia y de su diseño. Así como la oscuridad es ausencia de luz, el sufrimiento es ausencia de la plenitud de Dios en el corazón y en la vida.
En la nueva Jerusalén, todo eso desaparece para siempre, porque la vida de Dios y su gracia llenan absolutamente todo. Es un retorno y una superación del Edén: una humanidad totalmente restaurada, viviendo para siempre en la perfecta felicidad, seguridad y plenitud que Dios siempre quiso para sus hijos.
Quiénes quedan fuera de la Nueva Jerusalén
El texto de Apocalipsis 21:8 menciona específicamente siete grupos de personas que no tendrán parte en la herencia eterna, y es clave entender a quiénes se refiere Dios con cada uno de estos términos. No es una lista para condenar a quien lucha con debilidades humanas, sino para mostrar el resultado final de una vida sin arrepentimiento ni transformación. Analicemos cada grupo detalladamente, con los ejemplos y reflexiones que mencionaste, para que quede claro su significado espiritual y bíblico:
1. Los Cobardes
No se trata aquí de personas que sintieron miedo en alguna ocasión; el miedo es parte de la experiencia humana. El “cobarde” en este contexto es el que, habiendo creído en Dios en algún momento, le dio la espalda por temor a las consecuencias de confesar su fe, o prefirió agradar a las personas antes que a Dios. Son aquellos a quienes Dios puso en situaciones de prueba —tal vez para que lo honraran delante de los hombres, para que defendieran la fe, para que no se avergonzaran de Cristo— y ellos, por temor al rechazo, la burla, la persecución o la incomodidad, eligieron negarle y se quedaron al margen.
A diferencia de quienes luchan y se arrepienten de su cobardía, este texto señala a los que nunca se arrepintieron, que justificaron su negación y nunca dieron un paso de fe verdadero. Su cobardía los llevó a priorizar lo humano, el qué dirán, el estatus social, o el confort, por encima de la fidelidad a Dios.
2. Los Incrédulos
Aquí no se refiere a quienes tienen dudas momentáneas o preguntas sinceras, sino a aquellos cuyo corazón es tan duro que jamás quisieron abrirse a la posibilidad de la existencia de Dios. Son los que, aun teniendo oportunidades de escuchar, de ver la luz, de presenciar testimonios y milagros, decidieron rechazar la fe y cerraron la puerta a cualquier influencia del Espíritu Santo. No dejaron ni siquiera una rendija para la luz de Dios; se negaron a creer, y en muchos casos, se convirtieron en enemigos activos de la verdad, atacando a los hijos de Dios y a los principios bíblicos.
La incredulidad aquí es una actitud deliberada, sostenida y orgullosa, no una simple lucha intelectual.
3. Los Abominables
El término “abominable” se aplica a personas que cometieron actos detestables y abominables delante de Dios, sin arrepentimiento. Se trata de quienes traspasaron límites morales y espirituales de forma consciente y persistente, llegando a extremos de maldad, corrupción y pecado que resultan incomprensibles incluso para otros seres humanos.
No es que Dios no pueda perdonar, sino que estas personas jamás buscaron el arrepentimiento, vivieron en la abominación como un estilo de vida y se regodearon en ella. La historia humana está llena de ejemplos de este tipo de maldad: abusos, perversiones, prácticas rituales aberrantes, violencia desmedida, etc. Pero lo que los distingue es el endurecimiento del corazón y la ausencia total de arrepentimiento.
4. Los Homicidas
No todo aquel que quita una vida es automáticamente condenado por Dios: la Biblia distingue los casos de defensa propia, accidente o incluso la participación en guerras donde es necesario proteger a otros. Aquí se refiere a aquellos que asesinaron por odio, por interés, por placer, por venganza o con frialdad, despreciando el don de la vida y sin remordimiento.
El homicida de Apocalipsis 21:8 es quien actuó con intención malvada, con el corazón endurecido, sin buscar el perdón de Dios ni el arrepentimiento por sus actos. No estamos hablando de personas obligadas por circunstancias extremas, sino de quienes hicieron del derramamiento de sangre y la violencia un acto premeditado y repetido, sin valorar la vida ajena.
5. Los Fornicarios
Aquí es clave aclarar lo que realmente significa la fornicación, pues muchos han sufrido por interpretaciones superficiales o manipuladoras, mientras que otros restan importancia a algo que es central para Dios.
Fornicación es todo acto sexual con otra persona sin la intención de tener una relación seria con ella, sin deseo de formar una familia o de crear un compromiso de por vida con la otra persona.
Cuando la Biblia nos dice de no ser fornicarios antes del matrimonio, nos quiere decir que no debemos desear estar con alguien solo para satisfacer nuestros deseos carnales, porque debemos desear una relación seria con alguien y no solo algo momentaneo. Dios no quiere que estemos con alguien solo para algo fugaz, no quiere que busquemos solo la diversión y satisfación propia, porque dar la espalda a una relación seria es ser fornicario. Estar con alguien el cual sabes que no va a durar la relación porque en algún momento por x motivo va a terminar es vivir en fornicación, porque la persona en este caso es consiente de que no está en una relación con futuro.
Según la perspectiva bíblica, cuando una pareja ha dejado su casa, ha decidido vivir junta, ha formado un vínculo serio, de respeto, de exclusividad y compromiso, aunque ellos no hayan celebrado una fiesta de matrimonio, en el mundo espiritual ellos ya han formado una unión matrimonial. Lo que importa no es el anillo, la ceremonia, la fiesta o la firma, sino la intención de fidelidad, de compromiso y de construir una vida juntos.
En cambio, la fornicación ocurre cuando dos personas se relacionan sexualmente sin intención de permanecer juntos, sin proyecto común, sabiendo que su relación es pasajera o sin ningún deseo de construir familia. Es el sexo como satisfacción egoísta, sin respeto por el otro, sin entrega ni compromiso real. También se extiende a quienes buscan fuera del matrimonio el placer y la aventura, sin importarle el diseño de Dios para la sexualidad y la familia.
No permitamos que las iglesias usen el concepto de fornicación para controlar o confundir; tampoco lo minimicemos. El parámetro bíblico es seriedad, exclusividad, compromiso y respeto mutuo. Eso es lo que Dios espera y lo que realmente define una relación aprobada espiritualmente, más allá de una simple fiesta o formalidad externa.
6. Los Hechiceros
Hechicería no es solamente brujería en el sentido clásico. Son hechiceros todos los que buscaron caminos espirituales prohibidos, buscando poder, control o conocimiento fuera de la voluntad de Dios.
Incluye el espiritismo, la santería, la consulta a adivinos, la magia, los pactos con entidades, el uso de rituales y objetos para manipular el mundo espiritual.
El error central de los hechiceros es querer que las fuerzas espirituales estén a su servicio, en vez de servir a Dios. Ellos buscan que los “dioses” o “espíritus” hagan lo que ellos quieren, a cambio de un pago, sacrificio, pacto, etc. No esperan en la voluntad de Dios ni tienen fe en su soberanía, sino que exigen resultados y manipulan el mundo espiritual, actuando como si ellos fueran los dioses de esas entidades. La hechicería es incompatible con el corazón humilde que Dios busca y es rechazada porque rompe la relación verdadera de confianza y entrega que Dios espera de nosotros.
7. Los Idólatras
La idolatría es más amplia que la adoración de imágenes o deidades paganas. Idólatra es todo aquel que pone cualquier cosa o persona en el centro de su vida, desplazando a Dios.
Puede ser el dinero, el trabajo, una persona, una meta, una ideología, el propio ego, etc. Lo que distingue al idólatra es que nunca permitió que Dios reinara en su vida, ni buscó la voluntad de Dios por encima de sus propios intereses.
En algunos momentos los creyentes pueden identificar idolatrías en sus vidas y Dios les ayuda a corregirse, pero el idólatra de Apocalipsis 21:8 es quien jamás permitió que Dios ocupara el trono de su corazón, quien vivió de espaldas a Dios, entregando su vida, su energía y su devoción a cualquier otra cosa.
📖 Apocalipsis 21: 9-14
«Se acercó uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas con las últimas siete plagas. Me dijo: «Ven, que te voy a presentar a la novia, la esposa del Cordero». Me llevó en el Espíritu a una montaña grande y elevada, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios. Resplandecía con la gloria de Dios y su brillo era como el de una piedra preciosa, semejante a una piedra de jaspe transparente. Tenía una muralla grande y alta, y doce puertas custodiadas por doce ángeles en las que estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. Tres puertas daban al este, tres al norte, tres al sur y tres al oeste. La muralla de la ciudad tenía doce cimientos en los que estaban los nombres de los doce apóstoles del Cordero.»
El Ángel y la visión de la Esposa del Cordero
El texto comienza con uno de los siete ángeles que habían tenido las copas de la ira mostrándole a Juan “la novia, la esposa del Cordero”.
Esto nos enseña:
- Que la Nueva Jerusalén no es solo una ciudad literal, sino que representa también al pueblo redimido, la Iglesia glorificada, la comunidad de los santos completamente restaurada y unida para siempre a Cristo.
- El hecho de “descender del cielo, de parte de Dios” subraya que la salvación y la restauración vienen siempre de Dios hacia el hombre, nunca al revés. Nada de esto es obra o mérito humano, sino un don celestial.
La gloria de Dios en la ciudad
Juan la ve “resplandeciendo con la gloria de Dios”, como una piedra preciosísima, de jaspe, transparente como el cristal.
Aquí el simbolismo es claro:
- La gloria de Dios habita en la ciudad. Ya no hay separación, no hay velo, no hay distancia entre Dios y su pueblo.
- La pureza, belleza, transparencia y valor de la ciudad representan la perfección espiritual alcanzada por los redimidos y la presencia misma de Dios habitando en medio de ellos.
La Estructura de la Ciudad
- Doce puertas, cada una con el nombre de una de las tribus de Israel.
- Doce cimientos, con los nombres de los apóstoles del Cordero.
Esto enseña:
- La unidad del pueblo de Dios, tanto del Antiguo como del Nuevo Pacto.
- Nadie es salvo sin Cristo, pero en la restauración final se honra la historia completa de la redención, desde los patriarcas de Israel hasta la Iglesia fundada sobre los apóstoles.
📖 Apocalipsis 21: 15-21
«El ángel que hablaba conmigo llevaba una vara de oro para medir la ciudad, sus puertas y su muralla. La ciudad era cuadrada; medía lo mismo de largo que de ancho. El ángel midió la ciudad con la vara y midió doce mil estadios: su longitud, su anchura y su altura eran iguales. Midió también la muralla que tenía ciento cuarenta y cuatro codos, según las medidas humanas que el ángel empleaba. La muralla estaba hecha de jaspe y la ciudad era de oro puro, semejante a cristal pulido. Los cimientos de la muralla de la ciudad estaban decorados con toda clase de piedras preciosas: el primero con jaspe, el segundo con zafiro, el tercero con ágata, el cuarto con esmeralda, el quinto con ónice, el sexto con rubí, el séptimo con crisólito, el octavo con berilo, el noveno con topacio, el décimo con crisoprasa, el undécimo con jacinto y el duodécimo con amatista. Las doce puertas eran doce perlas y cada puerta estaba hecha de una sola perla. La calle principal de la ciudad era de oro puro, como cristal transparente.»
Medidas, Simetría y Perfección
La ciudad es medida cuidadosamente:
- Es cuadrada, tan larga como ancha y alta (doce mil estadios), lo que sugiere perfección, equilibrio, plenitud.
- Las medidas son simbólicas: el número doce representa plenitud, gobierno divino y totalidad (12 tribus, 12 apóstoles, 12 puertas, 12 cimientos).
- Plenitud, gobierno y orden divino: El 12 aparece una y otra vez como símbolo de plenitud, totalidad, autoridad y el establecimiento del gobierno de Dios en la tierra. Doce tribus, doce apóstoles, doce meses, doce panes de la proposición, doce piedras en el pectoral del sumo sacerdote, doce frutos del árbol de la vida, etc.
Esto comunica:
- Todo en la ciudad es perfecto, nada está fuera de orden, nada falta ni sobra.
- La simetría y las proporciones hablan de la justicia y el diseño perfecto de Dios en la restauración final.
Materiales y Piedras Preciosas
El proceso de formación de una perla o una gema es lento y requiere presión, tiempo y a veces dolor, lo cual refleja el proceso de santificación y transformación de los hijos de Dios.
La variedad de materiales y piedras (puertas de perla, cimientos con piedras preciosas diferentes) refleja la riqueza y diversidad del pueblo de Dios.
Cada piedra tiene un color, una forma, una dureza, una belleza distinta, pero todas juntas embellecen y sostienen la ciudad.
El valor inigualable:
Las piedras preciosas son el símbolo de lo más valioso que existe. Dios valora cada persona, cada historia, cada “atributo” que aporta cada uno al Cuerpo de Cristo.
- La muralla de jaspe, la ciudad de oro puro, los cimientos adornados con toda clase de piedras preciosas, las puertas de perla, la calle principal de oro.
- Cada material refleja valor, belleza, pureza y gloria.
Significado:
- No es tanto una descripción literal, sino una forma de expresar lo indescriptible: la gloria y la riqueza de la herencia de los hijos de Dios, la pureza y el valor incalculable de la comunión eterna con Él.
- Las piedras preciosas remiten también a las vestiduras del sumo sacerdote en el Antiguo Testamento, simbolizando la santidad y el acceso directo a la presencia de Dios.
Las Doce Puertas y las Doce Tribus
Cada tribu tenía una identidad, propósito y atributo específico:
Cada una de las tribus de Israel representaba no solo una familia, sino una función dentro del pueblo de Dios. Había tribus de sacerdotes (Leví), de reyes (Judá), de guerreros (Efraín, Rubén), de servidores, etc. Cada tribu tenía su bendición y su característica especial (puedes verlo, por ejemplo, en las bendiciones de Jacob en Génesis 49 o de Moisés en Deuteronomio 33).
El hecho de que cada puerta lleve el nombre de una tribu muestra que todos tienen acceso a la ciudad y que Dios no olvida ningún linaje, función o promesa.
Entrar por una puerta con el nombre de una tribu también puede significar que toda persona redimida en Cristo es parte del pueblo completo, con todas sus riquezas espirituales. Nadie queda fuera, y cada historia es honrada.
¿Qué Podemos sacar de todo esto?
- Dios honra la historia y la identidad de cada uno de sus hijos.
Nadie es “un número más” en la multitud. Así como cada tribu tenía un atributo, cada creyente tiene dones, talentos y una historia que aportan a la belleza y plenitud del Reino. - La unidad no es uniformidad:
En la Nueva Jerusalén todo es perfecto, pero no “clonado”; cada puerta y cada cimiento son diferentes, y juntos forman la obra maestra de Dios. La diversidad en la Iglesia es parte del diseño divino. - Acceso y pertenencia plena:
No importa de dónde vienes, cuál es tu pasado o tu tribu espiritual, si estás en Cristo tienes un lugar, una puerta de entrada, un sitio en los fundamentos de la ciudad eterna. - El propósito final es la gloria de Dios:
La variedad de piedras, materiales, nombres y funciones apunta a una sola cosa: todo existe para reflejar la gloria multiforme de Dios. Cada vida redimida, con sus peculiaridades, es una piedra preciosa en el edificio eterno de Dios.
📖 Apocalipsis 21: 22-27
«No vi ningún templo en la ciudad, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su templo. La ciudad no necesita ni sol ni luna que la alumbren, porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lumbrera. Las naciones caminarán a la luz de la ciudad, y los reyes de la tierra le entregarán sus espléndidas riquezas. Sus puertas estarán abiertas todo el día, pues allí no habrá noche. Y llevarán a ella todas las riquezas y el honor de las naciones. Nunca entrará en ella nada impuro, ni los idólatras ni los farsantes, sino solo aquellos que tienen su nombre escrito en el libro de la vida, el libro del Cordero.»
No hay Templo, porque Dios lo es Todo
- Juan dice: “No vi templo en ella, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su templo”.
- El templo era el lugar donde se manifestaba la presencia de Dios y donde se acudía a adorar.
- En la Nueva Jerusalén, la presencia de Dios y de Cristo es tan total y constante, que ya no hay necesidad de un lugar especial para encontrarlo. Toda la ciudad es un templo viviente. La comunión es plena y directa.
Dios es la Luz, ya no hay Noche
- La ciudad no necesita sol ni luna; “la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera”.
- No hay noche, ni puertas cerradas.
Significado:
- Dios mismo es la fuente de toda luz, conocimiento, vida y seguridad.
- No hay más tinieblas, miedo, inseguridad ni separación.
- Las puertas siempre abiertas significan que no habrá peligro, exclusión ni temor. La salvación es segura y permanente para los redimidos.
Las Naciones y los Reyes llevan su Gloria
- “Las naciones andarán a su luz, y los reyes de la tierra traerán a ella su gloria”.
- Esto significa que la redención de Dios incluye a gente de toda nación, pueblo y lengua.
- Toda cultura, toda riqueza, todo lo bueno y valioso que las naciones hayan producido para la gloria de Dios será traído y celebrado allí.
Nada Impuro Entrará Jamás
- “No entrará en ella ninguna cosa impura, ni el que hace abominación y mentira, sino sólo los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero”.
- Aquí se cierra la visión reiterando que la pureza, la verdad y la justicia son requisitos esenciales. Solo los que han recibido la redención de Cristo y han sido transformados por Él participan de la plenitud eterna.
Aplicaciones y Reflexión Final
- Unidad y plenitud: La ciudad es una imagen de perfección y comunión, donde todo el pueblo de Dios (Israel y la Iglesia) es reunido y glorificado.
- Dios es el centro: No hay nada ni nadie por encima de la presencia de Dios y del Cordero. Toda la vida, la luz y la plenitud fluyen directamente de Él.
- Acceso y pertenencia: Solo quienes han sido inscritos en el libro de la vida, es decir, los que han recibido a Cristo, tienen entrada y parte en esta gloria. No es por obras, sino por la gracia de Dios y la fe en Jesús.
- No más separación: Lo espiritual y lo terrenal se unen, lo divino y lo humano conviven plenamente. No hay más distancia, ni velo, ni templo: Dios y el hombre juntos, como fue en el Edén, pero de manera definitiva y gloriosa.