Estudio Biblico – El Principio de todo Teología y Ciencia – El Origen de Vida Parte 1

La ciencia actual sostiene que el universo tuvo un inicio en lo que conocemos como el Big Bang, ocurrido hace aproximadamente 13.800 millones de años. No se trató de una explosión en un punto concreto del espacio, sino de la expansión misma del espacio-tiempo acompañado de una descarga inmensa de energía. A partir de esa energía primordial se formaron las partículas que luego dieron origen a los átomos, las estrellas, las galaxias y finalmente a los sistemas planetarios.

Entre esos sistemas está el nuestro, en el que se fue formando poco a poco la Tierra. La ubicación de un planeta respecto a su estrella resulta decisiva, pues si está demasiado cerca, el calor lo hace inhabitable, y si está demasiado lejos, el frío lo vuelve estéril. A esta región favorable se le llama “zona habitable”. La Tierra se encuentra precisamente en ese lugar exacto en relación con el Sol, lo que hace posible la existencia de agua líquida y, con ella, la vida.

Pero no es solo la distancia lo que importa. Nuestro planeta también cuenta con un campo magnético que lo protege de la radiación cósmica, con una atmósfera que regula la temperatura y con una composición química que contiene los elementos esenciales para la vida, como el carbono, el oxígeno y el nitrógeno. Todo esto convierte a la Tierra en un entorno extraordinariamente preparado para sostener seres vivos.

Llegados a este punto, surge la gran pregunta: ¿es todo esto una simple coincidencia? La probabilidad de que tantas condiciones se reúnan de manera casual es extremadamente baja, lo que lleva a muchos a reflexionar sobre la idea de un diseño intencional detrás de la creación. Desde la perspectiva bíblica, este orden no se entiende como azar, sino como obra del Creador.

Dos Procesos de vida en la Tierra: Mismo Patrón, Finales Distintos

Con este marco, proponemos que la historia de la Tierra incluye dos grandes procesos en los que la vida se estableció siguiendo pautas muy semejantes —océanos dominantes, estabilización de la atmósfera, separación de continentes, surgimiento de la vegetación y proliferación de fauna—, pero que terminaron de manera diferente.

Primer proceso (Ciclo I). La primera biosfera habría alcanzado su clímax con criaturas gigantes y ecosistemas dominados por grandes reptiles (lo que hoy asociamos con la era de los dinosaurios). Esta etapa representó un mundo exuberante, lleno de biodiversidad en mares, tierra y aire. Sin embargo, la armonía de aquel ecosistema se vio interrumpida por un cataclismo global. Diversos estudios científicos proponen que este pudo haber sido causado por el impacto de un meteorito de enormes proporciones, erupciones volcánicas masivas que cubrieron el cielo de cenizas, o cambios climáticos extremos que alteraron de golpe el equilibrio del planeta. El resultado fue devastador: tinieblas que bloquearon la luz solar, descensos bruscos de temperatura, y un colapso de las cadenas alimenticias que llevaron a la extinción masiva de las especies dominantes. La Tierra quedó sumida en una condición de caos geológico, con aguas desbordadas cubriendo vastas regiones, un estado que guarda cierta resonancia con la descripción inicial de Génesis: “la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”.

Segundo proceso (Ciclo II). Tras aquel colapso, comenzó un nuevo ciclo en el que la Tierra fue reordenada y preparada específicamente para la vida humana. Esta segunda etapa corresponde a la secuencia que relata Génesis 1:2–2:3. En ella vemos a Dios actuando como un arquitecto divino, que toma un mundo en desorden y lo organiza paso a paso con un propósito definido. Primero, separa la luz de las tinieblas, estableciendo un ciclo regular de día y noche que marca el ritmo del tiempo. Luego organiza las aguas y la tierra firme, creando espacios diferenciados y funcionales. Después establece las lumbreras en el firmamento, no como simples astros, sino como señales para las estaciones y los tiempos. Enseguida, llena los espacios con vida: los mares con peces y grandes monstruos marinos, el cielo con aves, y la tierra con toda clase de animales. Finalmente, en el clímax de su obra, crea al hombre y la mujer a Su imagen, otorgándoles dominio sobre la creación y el encargo de cuidar de ella. Este proceso no fue solo un nuevo comienzo biológico, sino un nuevo comienzo espiritual, en el cual el ser humano fue puesto en el centro del plan divino.

¿Cómo Encaja esto con la Biblia?

La Biblia no detalla explícitamente el primer ciclo porque no es su intención darnos un registro científico de toda la historia de la Tierra, sino transmitir el plan de Dios para la humanidad. El relato inspirado se centra en el momento en que, después del caos, el Señor comienza a reordenar y a preparar un mundo funcional, fértil y apto para el hombre y la mujer. Es decir, la Escritura se ocupa principalmente de la segunda etapa, donde lo central ya no es la mera existencia de vida animal o vegetal, sino la vida humana creada a imagen de Dios, capaz de relacionarse con Él.

Este marco nos permite leer Génesis no como un tratado de geología o biología, sino como un relato teológico que revela el propósito divino detrás del orden cósmico. Lo que vemos en las páginas iniciales no es simplemente una narración mítica, sino la explicación de cómo Dios introduce estructura, sentido y dirección en un mundo que había quedado sumido en el desorden. Al mismo tiempo, esta perspectiva es compatible con la evidencia científica de grandes transformaciones en la historia de la Tierra, como extinciones masivas, cataclismos globales y reinicios ecológicos que prepararon nuevas etapas de vida.

Bajo esta comprensión, los “días” de la creación no deben interpretarse como jornadas de 24 horas estrictas, sino como etapas de ordenamiento funcional en las que Dios va disponiendo cada elemento de la creación con un fin específico. En cada etapa, el Creador establece un marco que permitirá a la humanidad desarrollarse y cumplir su misión ante Dios: reflejar Su imagen, administrar la creación y vivir en comunión con Él.

De este modo, la fe y la ciencia no se presentan como enemigas, sino como dos formas de observar una misma realidad: la fe, explicando el porqué y el propósito, y la ciencia, describiendo el cómo y los procesos. Ambas perspectivas convergen en mostrar que el mundo en que habitamos no es fruto del azar, sino el escenario cuidadosamente preparado para la vida humana y su misión ante Dios.

A partir de aquí, entraremos en el relato de Génesis capítulo 1 y 2, analizando paso a paso cada una de las etapas de ordenamiento que Dios llevó a cabo, para comprender tanto su sentido espiritual como su relación con los procesos naturales que la ciencia estudia.

Génesis 1 – El Principio

El versículo de Génesis 1:2 declara: “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”. Esta afirmación sencilla y a la vez profunda describe un estado del mundo primitivo que podemos entender como caos inicial. No se trata todavía de un planeta organizado, fértil y lleno de vida, sino de una realidad dominada por la desolación, la oscuridad y la falta de orden.

La Biblia, al expresarlo de esta forma, no pretende darnos un informe científico detallado de cómo era la Tierra en sus primeras etapas. Su propósito es teológico: mostrar que antes de que Dios comenzara Su obra de ordenamiento, el mundo se hallaba en un estado inhóspito e inhabitable. Sin embargo, lo sorprendente es que este lenguaje bíblico, pese a su sencillez, encaja con lo que la ciencia moderna describe sobre la Tierra primitiva en distintos momentos de su historia: un planeta sin forma definida, rodeado de tinieblas, sometido al fuego o cubierto por aguas desbordadas.

El término “desordenada y vacía” transmite la idea de algo informe, sin estructura ni propósito visible. En hebreo se utiliza la expresión tohu va-bohu, que denota caos y vacuidad. Por su parte, “tinieblas” simboliza no solo la ausencia de luz, sino también un ambiente de amenaza y confusión. Y “abismo” evoca profundidad, peligro y fuerzas descontroladas. Estos tres conceptos, tomados juntos, forman una imagen de caos absoluto que resulta sorprendentemente compatible con lo que la geología y la cosmología revelan: la Tierra, en diferentes momentos de su historia, ha atravesado fases de total desestabilización, ya sea por impactos cósmicos, volcanismo masivo o extinciones globales.

Es aquí donde se abre un punto crucial: este versículo puede aplicarse tanto al primer ciclo como al segundo ciclo de vida en la Tierra. En el primero, tras el gran impacto que dio origen a la Luna, el planeta quedó sumido en mares de magma y densas nubes que lo cubrían de oscuridad. En el segundo, después del cataclismo que acabó con los dinosaurios, la Tierra volvió a un estado de caos, con tinieblas y desolación producto de impactos y erupciones. En ambos casos encontramos un escenario que encaja con la descripción bíblica: un mundo sumido en confusión y tinieblas, a punto de ser transformado por la intervención divina.

Así, Génesis 1:2 no es solo una frase introductoria del relato bíblico de la creación, sino también una clave interpretativa que nos permite ver cómo la Escritura describe en términos poéticos un estado de caos que la ciencia también reconoce en la historia del planeta. La fe nos muestra el propósito detrás de ese caos —la preparación para un nuevo comienzo— mientras que la ciencia describe los procesos físicos que acompañaron esa transformación.

Primer ciclo: el Origen de la Luna y la Tierra Primitiva en Fuego

La ciencia sostiene que hace aproximadamente 4.500 millones de años, la Tierra primitiva experimentó uno de los eventos más violentos de toda su historia: el llamado gran impacto. Según esta teoría, un objeto del tamaño de Marte —conocido como Theia— colisionó contra la joven Tierra. El choque fue tan devastador que enormes cantidades de material rocoso se desprendieron y quedaron orbitando alrededor del planeta. Con el tiempo, ese material expulsado se aglutinó hasta formar lo que hoy conocemos como la Luna.

Este acontecimiento no solo dio origen a nuestro satélite natural, sino que dejó a la Tierra en un estado de caos absoluto. La superficie del planeta quedó convertida en un inmenso océano de magma ardiente. El calor del impacto era tan extremo que la corteza terrestre se fundió casi por completo. Al mismo tiempo, densas nubes de polvo, gases y vapor se elevaron a la atmósfera, bloqueando la luz del Sol. El resultado era un mundo sumido en oscuridad, cubierto de fuego y envuelto en tinieblas.

La descripción bíblica de Génesis 1:2 encaja sorprendentemente bien con este escenario: “la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”. Un planeta sin forma estable, sin vida, cubierto de oscuridad y dominado por fuerzas incontenibles. Las “tinieblas sobre el abismo” reflejan de manera poética ese estado de caos en el que la Tierra, recién golpeada, no era más que un globo incandescente rodeado de nubes impenetrables.

Con el paso del tiempo, la Tierra comenzó a enfriarse. La lava fue solidificándose poco a poco, formando una corteza más estable. Los volcanes expulsaban gases y grandes cantidades de vapor de agua. Ese vapor, al condensarse, dio lugar a lluvias interminables que duraron millones de años. Así se fueron formando los primeros océanos que cubrieron la superficie del planeta.

En este punto, el relato bíblico añade un detalle cargado de significado: “el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”. Es decir, mientras la ciencia nos explica que la Tierra pasó de un mundo de fuego a un mundo de agua, la Biblia nos recuerda que este proceso no fue fruto del azar, sino que estaba bajo la mirada y la acción del Creador. El caos y el vacío no eran el final de la historia, sino la antesala de un plan divino: la preparación de la Tierra para convertirse en un lugar habitable.

Así, el primer ciclo de la Tierra —el del gran impacto y la formación de la Luna— nos muestra cómo la geología y la Escritura pueden dialogar. La ciencia describe los procesos físicos: impacto, magma, lluvias, océanos. La fe revela el propósito espiritual: Dios, presente en medio de ese caos, preparando el escenario para lo que vendría después.

Segundo Ciclo: el Cataclismo de los Dinosaurios y la Tierra en caos otra vez

Mucho tiempo después de aquel primer ciclo de fuego y agua, la Tierra volvió a experimentar un momento de colapso global que marcó el final de otra era de vida: el cataclismo que acabó con los dinosaurios hace aproximadamente 66 millones de años.

La ciencia ha estudiado en profundidad este evento y propone varias explicaciones:

  • El impacto de Chicxulub. La teoría más aceptada sostiene que un gigantesco meteorito, de unos 10 kilómetros de diámetro, chocó contra lo que hoy es la península de Yucatán, en México. El impacto liberó una energía equivalente a millones de bombas nucleares, levantando una nube de polvo y azufre que oscureció la atmósfera durante meses o incluso años.
  • El vulcanismo masivo. Otra hipótesis señala que, en la misma época, ocurrieron erupciones colosales en los llamados traps del Decán (India actual). Estas erupciones liberaron enormes cantidades de lava, gases tóxicos y dióxido de azufre, contribuyendo al oscurecimiento de la atmósfera y alterando gravemente el clima.
  • Una combinación de ambas. Muchos científicos hoy creen que ambas catástrofes coincidieron: el impacto en Yucatán y las erupciones en la India, creando un escenario de destrucción sin precedentes.

Las consecuencias fueron devastadoras: incendios forestales masivos provocados por el calor del impacto, lluvia ácida generada por los gases volcánicos, un prolongado oscurecimiento de la atmósfera que impidió la fotosíntesis, descensos drásticos de temperatura y el colapso total de las cadenas alimenticias. Más del 70% de las especies del planeta desaparecieron, incluyendo a los dinosaurios, que hasta entonces habían dominado la Tierra durante millones de años.

Una vez más, el planeta se vio envuelto en tinieblas y caos. La descripción bíblica de Génesis 1:2 vuelve a encontrar aquí una aplicación sorprendente: “la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”. Después del cataclismo, la Tierra era un lugar devastado, desolado, donde la vida quedó casi borrada.

Pero la fe nos muestra que este estado no fue definitivo. Así como en el primer ciclo Dios transformó un mundo de fuego en un mundo de agua, en el segundo ciclo Él preparaba el terreno para algo mayor: la llegada de la humanidad. El caos no fue el final, sino la antesala de un nuevo comienzo.

De esta manera, la ciencia describe los procesos físicos —impacto, volcanismo, oscuridad, extinción— mientras que la Biblia nos recuerda el propósito divino detrás de la historia: un Dios que toma un mundo desordenado y vacío y lo convierte en un lugar apto para la vida humana, dotado de sentido y misión.

Génesis 1:3–5 — La Aparición de la Luz

“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día.” Génesis 1:3–5

Este pasaje marca un momento decisivo: la irrupción de la luz en medio del caos. Hasta este punto, la Tierra se describe como un lugar desordenado, cubierto de tinieblas y sin forma. Con la aparición de la luz, comienza un proceso de organización en el que se establece el ciclo básico que gobierna la vida: la alternancia entre día y noche.

Lo notable es que la Biblia no dice que aquí se “cree” el Sol (eso vendrá después, en Génesis 1:14–19), sino que la luz comenzó a hacerse visible y a desempeñar una función reguladora. Dicho de otra forma: lo que se está relatando no es la creación de un astro, sino la manifestación de la energía luminosa que ya existía y que ahora empieza a transformar la Tierra.

Ciclo 1 — La Tierra Primitiva y la Primera Luz Perceptible

La ciencia nos dice que el Sol ya brillaba mucho antes de que la Tierra se consolidara como planeta. Nació hace unos 4.600 millones de años, producto del colapso de una gran nube de gas y polvo. La Tierra se formó poco después, alrededor de 4.500 millones de años atrás, pero en sus inicios estaba cubierta de mares de magma, gases volcánicos y densas nubes de polvo cósmico.

Esa atmósfera primitiva impedía que la luz del Sol llegara con claridad a la superficie. Lo que se percibía era apenas un resplandor difuso, filtrado, como el que vemos hoy en un cielo de tormenta.

El mandato divino “Sea la luz” puede entenderse entonces como el momento en que la radiación solar comenzó a penetrar la densa atmósfera y a marcar la diferencia entre día y noche. La ciencia explica que, a medida que la Tierra se enfriaba y los gases comenzaron a disiparse, la luz pudo hacerse visible; la fe afirma que esto fue parte del plan de Dios, quien trajo orden al caos.

Ciclo 2 — La Luz tras el Cataclismo de los Dinosaurios

Millones de años más tarde, el planeta atravesó de nuevo un tiempo de oscuridad: el cataclismo que puso fin a la era de los dinosaurios. El impacto del meteorito en Chicxulub y/o las erupciones volcánicas en la India lanzaron tanto polvo y ceniza a la atmósfera que la luz del Sol quedó bloqueada por meses o incluso años.

Ese oscurecimiento global interrumpió la fotosíntesis, enfrió el clima y provocó la extinción de más del 70% de las especies. Una vez más, la Tierra quedó cubierta de tinieblas.

Pero al cabo de un tiempo, las partículas se fueron asentando y la luz del Sol volvió a iluminar la superficie. Aquí el eco de Génesis 1:3 se hace evidente: después de las tinieblas, vuelve la luz. La Biblia lo expresa en forma poética —“Sea la luz”—, mientras que la ciencia lo explica en términos físicos: la atmósfera se despejó y la radiación solar retomó su papel en el equilibrio del planeta. En ambos casos, el resultado es el mismo: la restauración del orden tras el caos.

Hipótesis Espiritual — La Separación entre el Bien y el Mal

Además de estas explicaciones físicas, el pasaje puede tener un significado espiritual más profundo. La separación entre la luz y las tinieblas no solo organiza el tiempo natural, sino que puede simbolizar la división entre el bien y el mal.

La Biblia enseña que antes de la creación de la humanidad ocurrió la caída de Satanás (Isaías 14:12–15; Ezequiel 28:12–17; Apocalipsis 12:7–9). Su rebelión trajo caos y tinieblas espirituales a la Tierra. En ese contexto, las palabras de Dios “Sea la luz” pueden interpretarse como un acto soberano de establecer un límite: la luz de Su santidad separada de las tinieblas del mal.

Así, lo que Génesis relata en un nivel natural (la llegada de la luz al planeta) también puede entenderse en un nivel espiritual: Dios afirmando su dominio y mostrando que las tinieblas nunca tendrán la última palabra.

En conclusión, Génesis 1:3–5 puede ser leído en tres niveles:

  1. Histórico-natural: la luz solar haciéndose visible en la Tierra primitiva.
  2. Cíclico-geológico: la luz regresando tras cataclismos como el que acabó con los dinosaurios.
  3. Espiritual: la separación entre la luz y las tinieblas como imagen del triunfo de Dios sobre el mal.

Génesis 1:6–8 — La Separación de las Aguas

“Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas. E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así. Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.” Génesis 1:6–8

Cuando Génesis dice que Dios separó las aguas de las aguas y creó la expansión, está describiendo la formación de la atmósfera terrestre. El hebreo usa la palabra raqia‘, que significa algo extendido, desplegado, como un espacio que se abre. No se trata de un domo rígido, sino de ese espacio aéreo que distingue las aguas de abajo (océanos, humedad) de las aguas de arriba (nubes, vapor). En otras palabras, Dios organiza las aguas de manera que el mundo tenga un cielo visible, el aire donde más adelante volarán las aves y donde caerá la lluvia.

Teológicamente, este día prepara un entorno habitable. Antes de esto, todo era un océano sin aire definido ni cielo. Ahora aparece la atmósfera como parte del orden divino, y Dios llama a esa expansión “cielos”, señalando que no es solo un fenómeno natural, sino un espacio con propósito: el lugar donde ocurren los ciclos del agua y el clima, fundamentales para la vida.

En otras palabras, lo que para la geología fue la regulación de gases, lluvias interminables y estabilización del clima, para la fe fue el momento en que Dios extendió la expansión de los cielos, separando las aguas y preparando el escenario para el desarrollo de la vida.

Ciclo 1 — La Tierra Primitiva y la Formación de la Atmósfera

Tras el impacto que dio origen a la Luna y el enfriamiento del planeta, la atmósfera de la Tierra era muy distinta a la actual. Estaba compuesta por dióxido de carbono, metano, amoníaco, azufre y vapor de agua, liberados por un vulcanismo intenso. Era densa, tóxica y opaca, sin oxígeno libre. La superficie estaba cubierta por océanos recién formados, y arriba se acumulaban nubes espesas de vapor y gases.

Con el paso de millones de años, el planeta fue entrando en equilibrio:

  • Parte del vapor se condensó en lluvias prolongadas, que alimentaron los océanos.
  • Otra parte quedó suspendida en la atmósfera como nubes.
  • Así, la Tierra quedó organizada en dos niveles de aguas: las de abajo (mares) y las de arriba (nubes y vapor).

Más adelante, la fotosíntesis de organismos primitivos (cianobacterias) liberó oxígeno, en lo que la ciencia llama la Gran Oxidación, que transformó la atmósfera en un aire capaz de sostener vida compleja.

Lo que la ciencia describe como enfriamiento, lluvias y regulación atmosférica, la Biblia lo presenta como el acto de Dios que separa las aguas y crea los cielos.

Ciclo 2 — Después del Cataclismo de los Dinosaurios

El impacto del meteorito y/o el vulcanismo masivo llenaron la atmósfera de polvo, hollín y gases tóxicos, oscureciendo el cielo. Por un tiempo, el “raqia” —la expansión del cielo— quedó cubierto de tinieblas.

Cuando las partículas comenzaron a asentarse, la atmósfera se volvió otra vez más transparente. El cielo se despejó, las nubes se estabilizaron y la luz volvió a iluminar la Tierra, restableciendo los ciclos de lluvia y clima. De nuevo vemos la imagen bíblica: Dios separando las aguas de las aguas y devolviendo un cielo ordenado, como antesala de un nuevo comienzo para la vida en el planeta.

Génesis 1:9–10 – La Aparición de la Tierra Seca y los Mares

“Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así. Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.”
Génesis 1:9–10

El relato de Génesis dice que Dios mandó a juntarse las aguas y que apareciera lo seco. Esto no quiere decir que se creara agua nueva, sino que la que ya existía fue organizada y reunida en lugares específicos, dando paso a la formación de mares. Lo que antes estaba oculto bajo las aguas empezó a revelarse, y así surgió la tierra firme. Después, Dios da nombre a lo que aparece: lo seco pasa a llamarse “Tierra” y la reunión de aguas “Mares”. En la Biblia, nombrar no es un simple acto descriptivo, sino un gesto de autoridad: significa establecer identidad, función y propósito.

Desde una mirada teológica, la aparición de la tierra seca no se entiende solo como un cambio geográfico, sino como un acto de provisión. Dios está preparando un lugar habitable: en esa tierra brotarán las plantas, caminarán los animales y, finalmente, habitará el ser humano. Cada paso del relato es como si Dios estuviera poniendo la mesa antes de invitar a sus criaturas a vivir.

Ciclo 1 — La Tierra Primitiva y la Formación de la Tierra Firme

La ciencia confirma que, tras el enfriamiento inicial de la Tierra, el planeta fue en sus comienzos un océano global. Durante millones de años, las lluvias constantes, procedentes de la condensación de un ambiente saturado de vapor, inundaron toda la superficie. No había tierra visible: la Tierra era un planeta azul cubierto de aguas.

Con el tiempo, la actividad volcánica y los movimientos de la corteza terrestre comenzaron a elevar regiones del fondo oceánico. Al principio surgieron islas volcánicas dispersas, pero estas fueron creciendo y uniéndose, hasta formar los primeros protocontinentes. De esa manera, lo seco empezó a “descubrirse” entre las aguas.

Este proceso continuó durante millones de años. La tectónica fue modelando los océanos y separando las masas de tierra, mientras los mares se iban concentrando en cuencas más definidas. La Biblia lo resume con palabras sencillas: “Júntense las aguas en un lugar, y descúbrase lo seco”. Lo que la ciencia describe como movimientos geológicos, la Escritura lo presenta como el acto de Dios que organiza el mundo y da nombre a la tierra y al mar.

Ciclo 2 — Después del Cataclismo de los Dinosaurios

Tras la extinción de los dinosaurios, la geología muestra un planeta que siguió reconfigurando continentes y océanos.

La tectónica de placas continuó moviendo masas de tierra, abriendo océanos y cerrando mares interiores. La colisión de continentes formó nuevas cordilleras, mientras que el retroceso de otros generó nuevas costas. Esto fue preparando el escenario para la expansión de mamíferos y, mucho más adelante, para la llegada del ser humano.

En términos bíblicos, esta reorganización puede verse como otra expresión de la misma dinámica: Dios sigue ordenando las aguas y delimitando lo seco, asegurando que la Tierra permanezca habitable y que cada nueva etapa de la vida encuentre un lugar.

Génesis 1:11-13 – La Creación de la Vegetación

“Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así. Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día tercero.” Génesis 1:11-13

Esto subraya el poder de la Palabra creadora: la vegetación no aparece de manera accidental, sino como resultado del mandato divino. No se trata de un mito caótico, sino de un acto ordenado en el que Dios usa su palabra para dar forma al mundo.

La orden es precisa:

  • Hierba verde: hace referencia a la vegetación básica, el tapiz que cubre la tierra, como pastos, gramíneas y plantas herbáceas.
  • Hierba que da semilla: alude a plantas que se reproducen por semillas visibles (cereales, legumbres, etc.).
  • Árbol de fruto: árboles que producen frutos comestibles, cada uno con su semilla en su interior.

El detalle importante es que cada planta “da semilla según su género”. En el hebreo, min (género) señala una clasificación natural establecida por Dios, que garantiza la continuidad de las especies. Esto no significa que la Biblia esté hablando de “géneros taxonómicos” como los que hoy usa la biología, pero sí muestra que desde el inicio se reconocía la existencia de límites naturales en la reproducción: cada especie se multiplica dentro de su propia clase.

Este pasaje, además, recalca el rol de la tierra como medio fecundo. Dios no crea cada planta una por una, sino que ordena a la tierra que las produzca. La tierra, bajo la voluntad divina, se convierte en un canal de vida. Esto conecta con un patrón que se repetirá: Dios ordena, y la creación responde según la capacidad que Él le dio.

Ciclo 1 — La Primera Aparición de la Vegetación en la Tierra

La ciencia confirma que la vida vegetal no apareció de golpe, sino a través de etapas progresivas:

  • Cianobacterias (≈3.500 millones de años atrás):
    Los primeros organismos capaces de realizar fotosíntesis surgieron en los océanos. Estos diminutos seres transformaron la energía solar en alimento y liberaron oxígeno a la atmósfera. Su actividad desencadenó el Gran Evento de Oxidación (≈2.400 millones de años atrás), llenando el aire de oxígeno y abriendo la puerta para formas de vida más complejas.
  • Algas pluricelulares (≈1.600–1.000 millones de años atrás):
    Con el tiempo, surgieron algas rojas y verdes, también marinas, que representaron un salto hacia organismos más grandes y especializados.
  • Colonización de la tierra firme (≈470 millones de años atrás):
    Las primeras plantas terrestres, parecidas a musgos y hepáticas, comenzaron a extenderse sobre la tierra seca. Aunque eran simples, abrieron el camino para la aparición de helechos, gimnospermas (como pinos y coníferas) y, mucho más tarde, las angiospermas (plantas con flores y frutos).

El relato de Génesis resume todo este desarrollo en un solo acto divino: “Produzca la tierra hierba verde… árbol de fruto según su género”. No se enfoca en las etapas microscópicas o marinas, sino en el momento culminante en que la tierra firme se vuelve fértil, capaz de producir hierbas, semillas y frutos útiles para la vida humana.

Ciclo 2 — La vegetación después del cataclismo de los dinosaurios

La atmósfera oscurecida bloqueó la luz solar, interrumpió la fotosíntesis y llevó a la extinción de muchas especies de plantas junto con la fauna que dependía de ellas.

Sin embargo, una vez que la atmósfera se despejó, la vida vegetal volvió a expandirse con fuerza renovada. Este periodo marcó un cambio radical en la historia de la vegetación:

  • Diversificación de las angiospermas (plantas con flores y frutos):
    Aunque ya existían antes del cataclismo, fue después de este evento cuando las plantas con flores se diversificaron masivamente. Su capacidad de atraer insectos polinizadores y producir frutos adaptados para la dispersión de semillas las hizo dominantes en los ecosistemas.
  • Expansión de bosques modernos:
    Se desarrollaron grandes bosques de árboles frondosos que se parecen mucho a los que conocemos hoy. Este entorno sería esencial para la aparición y desarrollo de mamíferos y, finalmente, de los seres humanos.
  • Nuevo equilibrio ecológico:
    La vegetación se convirtió otra vez en la base de las cadenas alimenticias. El renacer de los ecosistemas después del caos reflejó el mismo principio bíblico: tras la destrucción, Dios vuelve a ordenar la tierra para que produzca vida.

En resumen, tanto en el primer ciclo (aparición inicial de plantas en la Tierra primitiva) como en el segundo ciclo (renacimiento de la vegetación tras el cataclismo de los dinosaurios).

Génesis 1:14-19 – La Aparición Visual de los Cuerpos Celestes

“Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años, y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así. E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas. Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra, y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día cuarto.”Génesis 1:14-19

Este pasaje es uno de los más discutidos en la relación entre ciencia y Biblia. Muchos piensan que aquí se está narrando la creación material del sol, la luna y las estrellas. Sin embargo, tanto la teología como la ciencia ayudan a comprender que estos cuerpos celestes ya existían desde mucho antes. Lo que ocurre en este punto del relato es que los astros se vuelven visibles y funcionales desde la superficie de la Tierra.

El texto bíblico usa la palabra “lumbreras” (me’orot en hebreo), que significa “fuentes de luz”. No utiliza los términos “sol” o “luna”, quizá para evitar la confusión con los cultos paganos que los consideraban deidades. La intención es clara: esos cuerpos celestes no son dioses, sino instrumentos de Dios, colocados con un propósito: marcar los ritmos del tiempo, gobernar el día y la noche, y servir como señales para las estaciones.

Ciclo 1 — La Tierra Primitiva y la Visibilidad de los Astros

En la Tierra primitiva, aunque el sol y las estrellas ya existían, la atmósfera del planeta era demasiado densa y opaca como para permitir verlos claramente. Estaba saturada de gases volcánicos, dióxido de carbono, metano y vapor de agua, producto de la intensa actividad geológica.

Esto significaba que:

  • Había luz y oscuridad, porque la rotación de la Tierra ya provocaba ciclos de día y noche. Sin embargo, la luz era difusa, filtrada por una capa opaca de nubes y gases.
  • El sol, la luna y las estrellas no eran visibles como cuerpos definidos. Su presencia estaba oculta tras esa atmósfera cargada.

Con el paso de millones de años, la atmósfera fue estabilizándose y aclarando. El descenso de la actividad volcánica, la condensación del vapor de agua y la acumulación de oxígeno producido por las primeras formas de vida (cianobacterias y algas) fueron despejando el cielo.

Fue entonces cuando los astros pudieron verse con claridad desde la superficie. En términos bíblicos, este momento es descrito como cuando Dios “puso las lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra”.

La teología nos recuerda que el énfasis no está en la creación física del sol, sino en su función: señalar tiempos, estaciones y días. El hombre, que aparecería poco después, necesitaría un calendario natural para sembrar, cosechar, orientarse y organizar su vida.

Ciclo 2 — Después del Cataclismo de los Dinosaurios

En el segundo ciclo, tras el cataclismo que acabó con los dinosaurios, el planeta volvió a experimentar un cielo oscurecido. El impacto del meteorito en Chicxulub y las erupciones volcánicas masivas lanzaron a la atmósfera tanto polvo, hollín y gases que la luz del sol quedó bloqueada durante meses o años.

Durante ese tiempo:

  • El día y la noche quedaron confundidos bajo la oscuridad.
  • La fotosíntesis se interrumpió, afectando gravemente a la vegetación.
  • La luna y las estrellas eran invisibles, cubiertas por la opacidad del cielo.

Cuando finalmente el polvo se asentó y la atmósfera se limpió, el cielo volvió a abrirse. El sol brilló con claridad, la luna reapareció en la noche y las estrellas volvieron a ser visibles. Fue como un nuevo “día cuarto”, donde las lumbreras retomaron su papel de gobernar el tiempo y restaurar los ciclos vitales.

En resumen, Génesis 1:14–19 no narra la creación física del sol y la luna, sino su manifestación funcional en la Tierra como señales de orden y propósito. Así, lo que la ciencia describe en términos atmosféricos y astronómicos, la Biblia lo expresa como la acción divina de poner las lumbreras en su lugar.

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