Génesis 1:20-23 – Vida Marina y Aves
«Dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos. Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno. Y Dios los bendijo, diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra. Y fue la tarde y la mañana el día quinto.» – Génesis 1:20-23
Cuando llegamos al quinto día de la creación, el texto bíblico nos presenta una escena completamente nueva: después de que la tierra ha sido preparada con luz, atmósfera, mares y vegetación, ahora Dios llena ese escenario con seres vivos.
Lo primero que se resalta aquí es la vida marina. El texto utiliza términos hebreos muy expresivos. Habla de los tanninim (תַּנִּינִם), traducido como “grandes monstruos marinos” o “grandes criaturas del mar”. Este término no necesariamente apunta a un animal en particular, sino a todo lo que impresionaba por su tamaño y misterio en el mar: ballenas, grandes peces, o incluso criaturas que los antiguos hebreos no conocían con precisión. Lo importante es que el énfasis bíblico recae en la variedad y magnitud de la vida acuática: desde lo más pequeño hasta lo más imponente.
🔹 Ciclo 1 — El mar como cuna de la vida
El texto bíblico subraya primero las aguas como origen de la vida. Habla de los tanninim (תַּנִּינִם), traducidos como “grandes monstruos marinos”, un término genérico que evoca todo lo imponente y misterioso del océano: desde ballenas hasta criaturas que los antiguos hebreos jamás habían visto. La idea es resaltar la diversidad y abundancia del mar.
La ciencia confirma que el mar fue efectivamente el primer escenario de la vida:
- Hace unos 3.500 millones de años ya existían microbios marinos, como cianobacterias, que además transformaron la atmósfera con oxígeno.
- Luego surgieron algas multicelulares, medusas, moluscos y peces primitivos.
- Mucho después, en el Cámbrico (≈540 millones de años), ocurrió la llamada “Explosión Cámbrica”: un auge repentino en la diversidad de especies marinas.
Así, cuando la Biblia dice “produzcan las aguas seres vivientes”, lo hace en un lenguaje sencillo que refleja lo mismo que afirma la ciencia: el mar fue la cuna de la vida.
🔹 Ciclo 2 — Tras el cataclismo de los dinosaurios
En el segundo ciclo, después del colapso que acabó con los dinosaurios hace 66 millones de años, el mar volvió a jugar un papel crucial. Muchas especies marinas sobrevivieron al impacto de Chicxulub y a las erupciones volcánicas masivas, incluso cuando la vida en tierra firme fue devastada.
El mar actuó como un refugio biológico. De allí surgieron nuevas formas de vida que más tarde repoblarían el planeta, incluyendo los mamíferos marinos y aves modernas. La ciencia nos muestra que tras la extinción, la biodiversidad resurgió con fuerza, exactamente como dice la bendición divina: “Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares”.
🔹 La vida en el aire
El relato continúa: “y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos”. El hebreo usa ʿôp (עוֹף), un término amplio que significa “todo lo que vuela”. No se limita a aves como las conocemos, sino que incluye insectos, murciélagos y cualquier criatura alada.
La ciencia confirma que los primeros en conquistar el aire fueron los insectos voladores, hace unos 400 millones de años, mucho antes que los pájaros:
- Los insectos revolucionaron los ecosistemas al polinizar plantas y servir de alimento para otras especies.
- Luego aparecieron los reptiles voladores (pterosaurios).
- Y mucho más tarde, las aves propiamente dichas, descendientes de dinosaurios terópodos, hace unos 150 millones de años.
De este modo, el orden de Génesis encaja sorprendentemente bien: primero los seres marinos, luego los que vuelan.
En el segundo ciclo, después de la extinción de los dinosaurios, el cielo volvió a poblarse: las aves modernas se diversificaron y los murciélagos ocuparon también los cielos nocturnos. Una vez más, la instrucción divina “multiplíquense las aves en la tierra” se refleja en la recuperación de la vida después del caos.
🔹 Conexión fe–ciencia
- Ciencia: la vida comenzó en el agua, luego surgieron organismos capaces de volar, y tras grandes extinciones, los mares y cielos volvieron a llenarse de vida.
- Fe: Dios ordenó al mar y al cielo llenarse de seres vivientes, mostrando que cada espacio creado tenía un propósito y debía ser habitado.
El relato bíblico no pretende describir fósiles ni dar fechas exactas, pero establece un patrón progresivo que la ciencia confirma: primero el mar, luego el aire, y después la tierra.
Génesis 1:24–25 – Creación de los Animales Terrestres
“Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie; y fue así. E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.” – Génesis 1:24–25
El sexto día comienza con un mandato decisivo: “Produzca la tierra seres vivientes”.
El texto hebreo distingue tres grupos:
- ḥayyāh (“bestias”): animales salvajes, grandes o de vida libre.
- behemāh (“ganado”): cuadrúpedos domesticables, con valor futuro para la humanidad (trabajo, alimento, compañía).
- remes (“rastreros”): pequeños animales que se arrastran cerca del suelo, como reptiles y otros de poca altura.
Estas categorías no son científicas en sentido moderno, pero sí reflejan la función y la relación de los animales con el hombre y con el ecosistema. Lo más notable es la repetición de la frase “según su género” (heb. leminēhú): cada ser reproduce su propia clase, no hay confusión ni mezcla caótica, sino continuidad, orden y límites establecidos por Dios.
La conclusión “y vio Dios que era bueno” reafirma que esta diversidad no es un accidente, sino parte de un diseño armonioso. La tierra está completa: el mar y el cielo ya fueron llenados de vida en el quinto día, y ahora lo hace la tierra firme. El escenario queda listo para el momento culminante: la creación del hombre y la mujer.
🔹 Ciclo 1 — El origen de los animales terrestres
En el primer ciclo, la aparición de animales terrestres fue un proceso gradual que dependió de condiciones previas muy específicas:
- La atmósfera oxigenada
Durante miles de millones de años, organismos marinos fotosintéticos enriquecieron el aire con oxígeno. La acumulación de este gas permitió la formación de la capa de ozono, que protegió la superficie de la radiación ultravioleta letal. Sin esta “cúpula” natural, la vida terrestre habría sido imposible. - La colonización vegetal
Hace unos 470 millones de años, plantas primitivas como musgos y hepáticas comenzaron a cubrir la tierra firme, produciendo suelos, ciclos de nutrientes y refugios. Este paso fue esencial: sin plantas, ningún animal podría sobrevivir en tierra firme. - Los primeros colonizadores animales
Los artrópodos fueron pioneros. Huellas fósiles muestran que milpiés y escorpiones primitivos ya caminaban en tierra hace más de 430 millones de años. - La transición pez–anfibio
Peces de aletas lobuladas desarrollaron pulmones rudimentarios y extremidades que les permitían moverse entre agua y tierra. El famoso Tiktaalik (≈375 millones de años) es un claro ejemplo de esta etapa intermedia. - El huevo amniota y los reptiles
El verdadero avance hacia una vida terrestre plena llegó con los reptiles, gracias al huevo amniota, que contenía membranas protectoras y cáscara resistente, evitando la dependencia del agua para reproducirse. Esto permitió una explosión de diversidad durante el Carbonífero y el Pérmico, preparando el camino para aves, mamíferos y otras formas posteriores.
👉 En este sentido, la frase “produzca la tierra” no es solo una metáfora: la propia tierra, mediante procesos físicos y biológicos sostenidos por Dios, se convirtió en un canal fecundo de vida.
🔹 Ciclo 2 — Después del cataclismo de los dinosaurios
En el segundo ciclo, tras la extinción masiva del Cretácico–Paleógeno (66 millones de años), la tierra se transformó en un escenario nuevo.
- Los dinosaurios no avianos desaparecieron casi por completo, dejando vacíos ecológicos inmensos.
- Mamíferos pequeños y discretos que habían sobrevivido comenzaron a diversificarse. De ellos surgieron roedores, primates, carnívoros, ungulados y, mucho más adelante, los ancestros directos del ser humano.
- Reptiles modernos como serpientes, lagartos y tortugas continuaron y se expandieron en sus propios nichos.
- Los insectos, ya abundantes antes, se diversificaron aún más junto con las plantas con flores, reforzando la interdependencia entre fauna y flora.
Este renacimiento de la vida terrestre refleja exactamente la bendición divina: “produzca la tierra seres vivientes”. Lo que la ciencia describe como radiación adaptativa, la Biblia lo narra como obediencia de la tierra al mandato de su Creador.
Génesis 1:26–31 – La Creación del Hombre y la Mujer
«Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer. Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así. Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.» – Génesis 1:26–31
Este versículo es uno de los más trascendentes de toda la Biblia. Aquí Dios introduce una pluralidad en su propio ser: “Hagamos”. La tradición cristiana lo interpreta como una referencia al consejo divino o una anticipación del misterio de la Trinidad. El hombre no es presentado como un ser más dentro de la creación, sino como el portador de la imagen de Dios, con capacidades racionales, morales, espirituales y relacionales que lo distinguen del resto de los seres vivos.
Es importante señalar que la creación del hombre y la mujer ocurre únicamente en el segundo ciclo de la historia de la Tierra. El primer ciclo —con dinosaurios y formas de vida anteriores— no muestra ninguna evidencia de humanidad ni en el relato bíblico ni en los registros fósiles. Solo en el segundo ciclo, después del cataclismo que transformó el planeta, Dios introduce al ser humano como el culmen de su obra creadora. Esto concuerda tanto con la Biblia, que presenta al hombre como la última creación, como con la ciencia, que muestra la aparición del Homo sapiens mucho tiempo después de la extinción de los grandes reptiles.
Desde la ciencia, el ser humano aparece como el resultado de una larga línea de evolución biológica. El registro fósil ubica a los primeros homínidos hace unos 6–7 millones de años, con ramas que desembocan en el Homo sapiens hace unos 300.000 años. Lo interesante es que mientras la ciencia estudia la dimensión material del origen del hombre, la Biblia subraya lo que lo hace único: la conciencia de sí mismo, la capacidad de lenguaje, moralidad, creatividad y espiritualidad. En ese sentido, la teología y la ciencia no se contradicen, sino que se complementan: una describe el “cómo” de la biología, y la otra el “para qué” de la existencia humana.
Dios entrega al ser humano un mandato de mayordomía: gobernar sobre los peces, aves y animales. No es una licencia para explotar sin medida, sino un llamado a ejercer responsabilidad y cuidado. La palabra hebrea usada para “sojuzgar” (כָּבַשׁ kabash) implica someter, pero en el contexto bíblico significa ordenar la creación para que cumpla su propósito.
Hoy, en clave científica y ecológica, este mandato se conecta con la responsabilidad ambiental. La humanidad, dotada de inteligencia, ha logrado dominar fuerzas naturales (agricultura, ganadería, tecnología), pero también ha generado desequilibrio ecológico. La Biblia ofrece aquí una ética fundamental: el ser humano está por encima en jerarquía, pero no separado de la naturaleza. Su misión es gobernar como representante de Dios, no como tirano.
La distinción sexual aparece desde el inicio como parte del diseño divino. Hombre y mujer son igualmente portadores de la imagen de Dios. No hay jerarquía, sino complementariedad. La ciencia moderna, al estudiar la genética, confirma que la reproducción sexual es un factor clave en la evolución y en la diversidad biológica. La Biblia lo expresa no en términos científicos, sino existenciales: la unión entre hombre y mujer es parte del plan creador, reflejo de la comunión en la que Dios mismo vive.
Este detalle es esencial para contrarrestar ideologías modernas que pretenden borrar la distinción sexual como un mero constructo cultural. Génesis enseña que la diferencia entre varón y hembra es ontológica: está inscrita en la creación misma.
Dios bendice al ser humano y le da la orden de llenar la tierra. Aquí vemos que la procreación no es simplemente un hecho biológico, sino parte de una bendición divina. La humanidad es llamada a expandirse, ocupar y desarrollar la tierra.
Además, Dios provee alimento: semillas, frutos y plantas. Esto muestra que desde el inicio el hombre depende de la naturaleza y debe usarla con gratitud y responsabilidad. En términos científicos, la domesticación de plantas (agricultura) y animales marcó un cambio radical en la historia humana hace unos 10.000 años, permitiendo el desarrollo de la civilización. Lo que la arqueología describe como “revolución agrícola”, la Biblia lo presenta como un don ya previsto en la creación.
El clímax de la creación llega con el hombre. Por primera vez se dice “bueno en gran manera”. La obra está completa. Aquí se revela la intención de Dios: un mundo bello, ordenado y lleno de vida, coronado por el hombre como portador de su imagen.
La ciencia, con todo su detalle sobre procesos y cronologías, no puede responder a la pregunta del propósito. La Biblia sí lo hace: la creación no es fruto del azar, sino de un designio intencional y lleno de bondad.
Cuando llegamos al relato de la creación del hombre en Génesis 1:26–31, la Biblia nos dice que Dios creó al ser humano como la última de sus obras, coronando todo lo anterior. Aquí no se detallan procesos ni tiempos, simplemente se afirma que el hombre y la mujer fueron creados por voluntad divina. Sin embargo, cuando observamos la ciencia, encontramos que también existe una historia de desarrollo humano en diferentes etapas, desde los primeros homínidos hasta el homo sapiens moderno.
Lo interesante es que la propia ciencia reconoce que hay un “vacío” o “salto” difícil de explicar en este proceso. Sabemos que hubo formas humanas anteriores, como el Homo erectus o el Homo neanderthalensis, y que finalmente surge el Homo sapiens, con un mayor desarrollo cerebral. Pero lo sorprendente es que entre el Homo sapiens y lo que hoy conocemos como Homo sapiens sapiens (el humano plenamente consciente, capaz de lenguaje complejo, abstracción y cultura avanzada) hay un salto demasiado grande para atribuirlo a un simple proceso evolutivo natural. Muchos científicos admiten que no tienen una explicación completa para ese cambio tan radical.
Aquí es donde la fe y la ciencia pueden dialogar. La fe nos enseña que Dios es capaz de hacer milagros, y un milagro no es otra cosa que una aceleración o interrupción sobrenatural de lo que la ciencia describe como procesos naturales. Si la evolución requiere millones de años para dar un salto, Dios puede tomar ese proceso y acortarlo en un instante. Él es Señor del tiempo y de la materia. Lo que a la ciencia le parece imposible o inexplicable, para Dios es completamente posible.
Por eso, podemos proponer lo siguiente: el Homo sapiens pertenece a la cadena evolutiva natural, mientras que el Homo sapiens sapiens representa la intervención directa de Dios en la creación. Es el momento en que el Creador insufla su aliento de vida, dándole al ser humano no solo un cerebro más desarrollado, sino también espíritu, conciencia y semejanza divina. Ese fue Adán: no simplemente un animal evolucionado, sino un ser humano perfecto, con la huella de Dios en su interior.
Además, la cercanía genética entre el Homo sapiens y el Homo sapiens sapiens hace posible que ambos convivieran y se mezclaran en la misma época, tal como la ciencia también lo sugiere con los hallazgos de ADN que muestran hibridación entre distintas especies humanas. De esta forma, podemos decir que la Biblia y la ciencia no se excluyen, sino que se complementan: la ciencia describe el escenario, pero la Biblia revela el milagro que marca la diferencia.
Así, el gran vacío que la ciencia reconoce puede entenderse como el punto exacto de la intervención de Dios: el momento en que transformó lo natural en algo más allá de lo natural, lo terrenal en algo espiritual, el hombre biológico en hombre a su imagen y semejanza.
Datos Importantes:
Al observar el relato bíblico y los hallazgos de la ciencia, vemos que la evolución y el creacionismo no tienen por qué enfrentarse. La evolución describe procesos y desarrollos visibles en el tiempo, mientras que el creacionismo revela el propósito y la intervención divina en momentos claves de la historia de la vida. Desde la perspectiva que hemos planteado, ambas pueden vivir en concordancia: la ciencia muestra el camino, y la fe explica el salto. Allí donde la ciencia encuentra un vacío o un salto inexplicable —como el paso del Homo sapiens al Homo sapiens sapiens—, el creacionismo aporta la clave: Dios interviene, acortando en un instante lo que de manera natural tomaría millones de años.
No se trata de hacer competir una visión contra la otra, sino de reconocer que describen dimensiones distintas de una misma realidad. La ciencia nos habla del cómo; la Biblia nos habla del para qué. Y cuando las unimos, descubrimos que no hay contradicción, sino armonía: lo que la ciencia no alcanza a explicar, Dios lo completa con su poder creador.
Cuando Dios habla en Génesis de que terminó un día y empezó un día nuevo, no debemos entenderlo en el sentido de nuestras veinticuatro horas humanas, sino como etapas. Cada “día” de la creación fue una fase de la obra divina, un período en el que Dios completó una parte de su plan. La Biblia no dice cuánto tiempo duró cada una de esas etapas, ni en ningún lugar se afirma una duración precisa. Lo único que se nos revela es el orden en que ocurrieron las cosas, no la cantidad de horas o años que tomaron.
Aquí es donde mucha gente se confunde al intentar calcular. Algunos dicen que cada día fueron exactamente 24 horas, otros inventan que un día equivale a mil años o incluso millones de años. Pero la Escritura nunca enseña eso. De hecho, cuando la Biblia habla de que “para Dios un día es como mil años, y mil años como un día” (Salmo 90:4; 2 Pedro 3:8), no está dando una fórmula matemática, sino usando una metáfora poética.
En la antigüedad, el número mil no se usaba como lo usamos hoy, con exactitud contable. Para un hebreo, “mil” representaba un número tan grande que resultaba prácticamente incontable, inimaginable, inmenso. Decir “mil” era como decir “una cantidad desbordante”. Por eso, cuando los escritores bíblicos usaron esa comparación, lo que querían transmitir era que el tiempo de Dios no se puede medir ni encerrar en categorías humanas. Para Él, un día puede ser tan amplio como toda una era, y toda una era puede ser tan breve como un día.
Esto nos enseña que los días de la creación son tiempos de Dios, no de los hombres. Etapas ordenadas en las que fue dando forma y llenando el universo, hasta llevarlo a su plenitud. Intentar ponerles una cifra humana es caer en el error de reducir lo divino a lo limitado. Lo importante del relato no es cuánto duró cada fase, sino que Dios lo hizo con orden, propósito y bondad, y que cada cosa fue completada en su debido tiempo.
Querer calcular con exactitud lo que Dios nunca reveló es intentar ir más allá de la revelación misma. Si el Señor no nos dijo cuánto duró cada día de la creación, es porque no necesitamos saberlo. La Biblia no fue escrita para dar detalles cronológicos ni satisfacer la curiosidad científica, sino para mostrarnos quién es Dios y cuál es su plan.
En realidad, insistir en poner cifras donde Dios guardó silencio es muchas veces un acto de orgullo: el deseo humano de saber más de lo que corresponde. Los autores bíblicos no tenían en mente esos cálculos porque ni siquiera era su propósito narrativo. Lo que Dios quiso que sepamos lo dijo claramente; lo que no, quedó en el misterio. Y en esos misterios debemos aprender a descansar con humildad, reconociendo que hay cosas que no nos corresponde conocer.
Después de recorrer el relato de la creación, lo que debemos comprender es que los “días” no fueron simples 24 horas humanas, sino etapas ordenadas y separadas en las que Dios fue dando forma al universo. En cada etapa dejó claro lo que estaba haciendo, no para que calculemos el tiempo exacto, sino para que entendamos el orden cronológico de los acontecimientos: por qué una cosa vino primero y otra después, y cómo todo fue dispuesto de manera lógica y progresiva.
Ese orden no fue casualidad. La cronología de Génesis revela la eficiencia divina: cada fase preparaba el terreno para la siguiente, hasta llegar al punto culminante en el que el ambiente estaba listo para la vida humana. Así entendemos que la creación no es fruto del azar, sino de un plan perfecto. Dios formó la tierra, el cielo, las aguas, la vegetación y los animales con un propósito claro: crear un entorno agradable, estable y fértil donde el ser humano pudiera habitar y prosperar.
Al final, la lección más grande de Génesis es que fuimos creados por y para Dios, dentro de un plan perfecto que responde a nuestras necesidades y asegura nuestra sobrevivencia. No somos resultado de una coincidencia cósmica, sino la culminación de la intención de un Creador que quiso preparar todo con detalle para que su criatura más especial pudiera vivir en plenitud.
Una de las dudas más comunes es por qué el relato de Génesis no describe la creación con los términos científicos que usamos hoy. Algunos incluso se frustran porque esperan encontrar en la Biblia explicaciones técnicas de cosmología, biología o paleontología. Pero esto parte de un error fundamental: Génesis no fue escrito como un manual de ciencias, sino como un libro de revelación espiritual.
La Biblia no está diseñada para explicar la creación en el lenguaje de la física moderna, sino para mostrar quién es el Creador, cómo ordenó el universo y con qué propósito lo hizo. Por eso utiliza un lenguaje simple, poético, simbólico y pedagógico, que pudiera ser entendido por personas de todas las épocas, desde los pastores de ovejas de hace tres mil años hasta nosotros hoy.
Imagina si Moisés hubiera escrito Génesis con términos de astrofísica cuántica, geología avanzada o genética molecular. Nadie en su época lo habría comprendido, y el mensaje principal —que Dios es el autor de todo— se habría perdido. En cambio, el texto usa imágenes cercanas y comprensibles: “luz y tinieblas”, “aguas arriba y aguas abajo”, “árboles y frutos”, “bestias y aves”. Son formas de narrar realidades profundas de manera que cualquier persona, sin importar su cultura o conocimiento, pudiera captar la esencia.
Esto no significa que el relato sea “ingenuo” o “infantil”. Al contrario, la sencillez de Génesis es precisamente lo que lo hace atemporal. El texto no se ata a teorías científicas que pueden cambiar con el tiempo, sino que se centra en verdades espirituales inmutables: que Dios creó con orden, que cada cosa fue hecha con propósito, y que el ser humano es el culmen de esa obra creadora.
La ciencia moderna, por su parte, estudia los procesos y mecanismos de la naturaleza. Y lo sorprendente es que, a pesar de no ser un libro científico, Génesis guarda una sorprendente coherencia con la cronología general que la ciencia ha descubierto: primero la luz, luego la atmósfera, después los mares, la vegetación, los astros visibles, la vida marina, los animales terrestres y finalmente el hombre.
Así que la pregunta no es: “¿Por qué Génesis no suena científico?”, sino más bien: “¿Cómo es posible que un relato tan antiguo y escrito en un lenguaje tan sencillo tenga una secuencia tan coherente con lo que hoy sabemos por la ciencia?”. Eso, lejos de ser una debilidad, es una de las pruebas de su sabiduría inspirada por Dios.
En conclusión, Génesis no busca satisfacer la curiosidad técnica, sino mostrar la grandeza del Creador en un lenguaje universal. Quien quiera usarlo como manual de laboratorio está leyendo el texto de manera equivocada. La Biblia nos da la verdad espiritual, y la ciencia estudia los detalles físicos; y ambas, en lugar de contradecirse, se complementan en su propio nivel.