
“Entrenador, esa chica esta diciendo malas palabras en el campo de juego,” se quejó Tammy.
“Se supone que éste es un equipo cristiano. ¿Por qué no hace algo?»
El entrenador la miró y señaló hacia donde yo estaba, dijo: “¿Ves a esa chica? Ora por ella” Le di una vuelta al campo de juego, ajena a la conversación que era sobre mí, la jugadora pródiga del softball. Aunque yo jugaba en el equipo de la iglesia de mi amiga, la religión era la cosa que estaba más lejos de mi mente. Esto era obvio, especialmente, porque yo utilizaba palabras vulgares para expresar mi disgusto, cuando una de mis compañeras del equipo cometía una falta grave. A pesar de que el nombre de la iglesia estaba escrito en el frente de mi camiseta, cuando estaba en el campo de juego se me olvidaba para quién estaba jugando. Todo lo que me interesaba era ganar.
En el año y medio que jugué para el equipo de mujeres de esa iglesia Bautista, el entrenador ni una sola vez me regañó por mi falta de compañerismo cristiano en los deportes. Si lo hubiera hecho, lo más probable es que no me habría quedado con el equipo por mucho tiempo. Estaba allí por una sola razón, jugar softball. Pero Dios tenía otras ideas.
Me atrajo el amor que mis compañeras de equipo tenían entre sí y para conmigo. Parecía tan puro y tan sano. Las otras chicas sabían que yo no era cristiana y estaban pidiéndole a Dios por mí, desde el principio.Sin embargo, ellas no sabían que yo era lesbiana. Crecí con un padre alcohólico que tenía un temperamento violento. También le pegaba a mi madre y como ella era una víctima, yo rechazaba cualquier cosa que tenía que ver con la feminidad, no quería nada que tuviera que ver con el hecho de ser una mujer. En cambio, admiraba a mi hermano y quería ser como él. Desde mis primeros años recuerdo haber preferido los deportes, en vez de las muñecas, como mi hermana menor. Sigue leyendo








