
La historia de Jesús y su interacción con mujeres acusadas de adulterio es un reflejo del amor, el perdón y la restauración que Él ofrece a la humanidad. Sin embargo, un aspecto clave que a menudo se pasa por alto es que Jesús no solo libera a las personas de la culpa, sino que también las invita a vivir de una manera diferente. En este artículo, exploraremos cómo Jesús confronta la hipocresía de los religiosos, el impacto transformador del perdón y la aplicación de estos principios en la actualidad.
«Jesús regresó al monte de los Olivos, pero muy temprano a la mañana siguiente, estaba de vuelta en el templo. Pronto se juntó una multitud, y él se sentó a enseñarles. Mientras hablaba, los maestros de la ley religiosa y los fariseos le llevaron a una mujer que había sido sorprendida en el acto de adulterio; la pusieron en medio de la multitud. «Maestro —le dijeron a Jesús—, esta mujer fue sorprendida en el acto de adulterio. La ley de Moisés manda apedrearla; ¿tú qué dices?». Intentaban tenderle una trampa para que dijera algo que pudieran usar en su contra, pero Jesús se inclinó y escribió con el dedo en el polvo. Como ellos seguían exigiéndole una respuesta, él se incorporó nuevamente y les dijo: «¡Muy bien, pero el que nunca haya pecado que tire la primera piedra!». Luego volvió a inclinarse y siguió escribiendo en el polvo. Al oír eso, los acusadores se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los de más edad, hasta que quedaron solo Jesús y la mujer en medio de la multitud. Entonces Jesús se incorporó de nuevo y le dijo a la mujer: —¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ni uno de ellos te condenó? —Ni uno, Señor —dijo ella. —Yo tampoco —le dijo Jesús—. Vete y no peques más.» – Juan 8: 1-11
Desde el inicio, este relato no se trata solo del pecado de la mujer, sino de la mala intención de los fariseos . Ellos la llevan ante Jesús no porque realmente les preocupe la justicia, sino porque querían tenderle una trampa .
La Ley de Moisés establecía que el adulterio debía ser castigado con la muerte (Levítico 20:10, Deuteronomio 22:22), pero también decía que debía ser castigado tanto el hombre como la mujer. Aquí solo trajeron a la mujer, lo que indica un juicio parcial e injusto. Si Jesús decía que no la apedrearan, podía acusarlo de ir en contra de la Ley de Moisés. Si Jesús aprobaba la lapidación, lo verían como un incumplimiento de su mensaje de misericordia y podrían acusarlo ante las autoridades romanas, que no permitían ejecuciones sin su aprobación. Los fariseos no estaban interesados en la justicia ni en la restauración de la mujer, sino en usar su pecado como un instrumento para desacreditar a Jesús .
Jesús responde de una manera inesperada: no cae en la trampa y no responde de inmediato , sino que se inclina y escribe en la tierra . Este es un detalle enigmático, ya que la Biblia no nos dice qué escribió. Algunas interpretaciones sugieren:
- Que estaba escribiendo los pecados de los acusadores.
- Que estaba escribiendo la ley, recordándoles su hipocresía.
- Que simplemente estaba dándoles tiempo para reflexionar.
Cuando los fariseos insisten, Jesús responde con una de las frases más famosas del Evangelio: «El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra.» Esta declaración desarma completamente a los acusadores . No está diciendo que el pecado no debe ser castigado, sino que nadie tiene la autoridad moral para condenar a otro cuando todos son pecadores. Jesús no justifica el pecado de la mujer, pero deja claro que los fariseos no tenían derecho a juzgarla de manera hipócrita. Los fariseos se retiran, comenzando por los más viejos , lo que indica que la conciencia les pesó.
Después de que todos los acusadores se van, Jesús le pregunta a la mujer: «Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?» Cuando ella responde que no, Jesús declara: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más.»
Aquí vemos un equilibrio perfecto entre misericordia y justicia :
- Misericordia: Jesús no la condena, le ofrece el perdón y la gracia. Él sabía que ella era culpable, pero en lugar de castigarla, le da la oportunidad de una nueva vida.
- Justicia y Llamado al Cambio: Jesús no dice «sigue como estás», sino «Vete, y no peques más» . Le deja claro que el perdón no significa que pueda continuar en pecado, sino que debe apartarse de esa vida.
Jesús nos muestra que el perdón de Dios no es solo borrar la culpa, sino dar una nueva oportunidad para vivir correctamente .
Este pasaje tiene lecciones profundas que siguen siendo relevantes:
Cuidado con la Hipocresía Religiosa. Muchas veces, la iglesia y los creyentes caemos en el mismo error de los fariseos, juzgando a los demás sin mirar nuestras propias fallas. Jesús nos llama a examinar nuestra propia vida antes de señalar la de otros. Dios no justifica el pecado, pero siempre da una oportunidad Jesús no dijo que el adulterio estaba bien, pero tampoco condenó a la mujer. En nuestra vida, esto significa que Dios nos perdona, pero también nos llama a cambiar y vivir de manera diferente .
El Perdón de Dios Transforma. El propósito del perdón no es que sigamos en pecado sin consecuencias, sino que experimentemos una transformación real. Como la mujer adúltera, debemos recibir el perdón y decidir vivir una vida nueva en obediencia a Dios.
Jesús, el Único con Autoridad para Juzgar, Nos Ofrece Gracia, Jesús es el único que podía haber condenado a la mujer, porque Él era sin pecado. Sin embargo, eligió la misericordia sobre el juicio, mostrándonos cómo es el corazón de Dios.
El relato de Juan 8:1-11 es una prueba del amor y la sabiduría de Jesús. Él confronta la hipocresía, ofrece perdón y llama a la transformación.
Así como la mujer adúltera recibió una segunda oportunidad, nosotros también podemos recibir la gracia de Dios y vivir de una manera nueva . Y así como los fariseos fueron confrontados con su pecado, también debemos examinar nuestra propia vida antes de señalar a los demás .
Este pasaje nos desafía a reflejar el carácter de Jesús en nuestras vidas: no juzgar sin misericordia, extender el perdón y vivir en santidad.
«Uno de los fariseos invitó a Jesús a comer, así que fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Ahora bien, vivía en aquel pueblo una mujer que tenía fama de pecadora. Cuando ella se enteró de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de alabastro lleno de perfume. Llorando, se arrojó a los pies de Jesús, de manera que se los bañaba en lágrimas. Luego se los secó con los cabellos; también se los besaba y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado dijo para sí: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la que lo está tocando y qué clase de mujer es: una pecadora». Entonces Jesús dijo a manera de respuesta: —Simón, tengo algo que decirte. —Dime, Maestro —respondió. —Dos hombres debían dinero a cierto prestamista. Uno debía quinientas monedas de plata y el otro, cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, el prestamista perdonó la deuda a los dos. Ahora bien, ¿cuál de los dos lo amará más? —Supongo que aquel a quien más le perdonó —contestó Simón. —Has juzgado bien —dijo Jesús. Luego se volvió hacia la mujer y dijo a Simón: —¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me diste agua para los pies, pero ella me ha bañado los pies en lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú no me besaste, pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con aceite, pero ella me ungió los pies con perfume. Por esto te digo: si ella ha amado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados. Pero a quien poco se le perdona, poco ama. Entonces le dijo Jesús a ella: —Tus pecados quedan perdonados. Los otros invitados comenzaron a decir entre sí: «¿Quién es este que hasta perdona pecados?». —Tu fe te ha salvado —dijo Jesús a la mujer—; vete en paz.» – Lucas 7:36-50
El relato de Lucas 7:36-50 es una de las escenas más conmovedoras del ministerio de Jesús. En este pasaje, vemos un contraste entre la actitud hipócrita de un fariseo llamado Simón y la profunda gratitud de una mujer pecadora. A través de este encuentro, Jesús nos enseña sobre el
amor, el perdón y la verdadera fe.
Este pasaje presenta un contraste entre dos personas con visiones opuestas de Jesús y del pecado.
Simón el fariseo representa la hipocresía religiosa . A pesar de invitar a Jesús a su casa, no lo honra ni lo trata con respeto. No le da agua para los pies, no lo saluda con un beso ni le unge la cabeza con aceite, costumbres básicas de hospitalidad en la cultura judía. Su actitud muestra orgullo y un sentido de justicia propia.
La mujer pecadora , en cambio, es todo lo opuesto. Ella reconoce su necesidad de perdón y actúa con humildad. Su amor y gratitud hacia Jesús son expresados con lágrimas, besos y la unción de sus pies con perfume.
¿Quién está realmente más cerca de Dios? A pesar de su «vida recta», Simón no reconoce su propia necesidad de gracia . La mujer, en cambio, sabe que necesita a Jesús, y su amor lo demuestra.
La Parábola de los Dos Deudores: Cuánto Más Perdón, Más Amor
Jesús ilustra la situación con una parábola:
- Un acreedor tenía dos deudores , uno que debía 500 denarios y otro que debía 50 .
- Como ninguno podía pagar, el acreedor perdonó a ambos .
- Jesús le pregunta a Simón: ¿Quién amará más al acreedor?
- Simón responde correctamente: «Pienso que aquel a quien perdonó más.»
Jesús aplica esta enseñanza a la mujer :
- Ella ha sido perdonada mucho, por eso ama mucho.
- Simón cree que tiene poco que perdonar, por eso su amor es caso.
Aquí Jesús invierte la lógica de los fariseos . Ellos pensaban que cuanto más justos eran, más cercanos a Dios estaban. Pero Jesús enseña que cuanto más conscientes somos de nuestro pecado y de la gracia de Dios, más profundo es nuestro amor por Él.
Jesús finalmente le dice a la mujer: «Tus pecados te son perdonados».
Este es el momento clave del relato. Jesús no solo acepta la adoración de la mujer, sino que también declara su perdón. Esto escandaliza a los presentes, porque solo Dios puede perdonar los pecados. Esta es una declaración implícita de su divinidad. Jesús cierra el encuentro con una frase de restauración: «Tu fe te ha salvado, vete en paz». Aquí vemos que el perdón de Dios no solo quita la culpa, sino que trae paz y una nueva vida.
Cuidado con la Justicia Propia. Así como Simón, muchas veces nos consideramos «buenos cristianos» , pensando que otros son peores pecadores que nosotros. ¿Somos más como Simón o como la mujer pecadora?¿Juzgamos a los demás sin ver nuestra propia necesidad de gracia? Jesús nos recuerda que todos necesitamos su perdón , sin importar qué tan «pequeños» o «grandes» sean nuestros pecados.
La mujer pecadora respondió al perdón con amor y gratitud. Si realmente hemos experimentado el perdón de Dios, deberíamos reflejarse en nuestro amor por Él y por los demás. Nuestra adoración, nuestro servicio y nuestra entrega a Dios deben nacer de un corazón agradecido, no de una obligación religiosa. Si nos cuesta amar a Dios oa los demás, quizás no hemos entendido cuán grande ha sido el perdón que hemos recibido.
Jesús le dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz». La paz no viene de nuestras obras religiosas , sino de una fe genuina en Cristo. Si hemos sido perdonados, podemos vivir sin condenación y sin culpa. No importa qué tan lejos hayamos caído , Jesús siempre ofrece restauración y una nueva vida.
El relato de Lucas 7:36-50 es un recordatorio del amor transformador de Jesús . Él no mira las apariencias externas ni la reputación, sino el corazón de las personas .
Nos desafía a:
- No juzgue a los demás con hipocresía.
- Reconoce nuestra necesidad de gracia.
- Responder al perdón de Dios con amor y gratitud.
Jesús sigue extendiendo su gracia hoy. ¿Cómo vamos a responder a su amor?
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Antes de empezar repasemos los siguientes puntos:




